Página 11 - El Conflicto de los Siglos (1954)

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Los diez mandamientos fueron enunciados por el mismo Dios y
escritos con su propia mano. Su redacción es divina y no humana.
Pero la Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el
idioma de los hombres, es una unión de lo divino y lo humano. Esta
unión existía en la naturaleza de Cristo, quien era Hijo de Dios e
Hijo del hombre. Se puede pues decir de la Biblia, lo que fué dicho
de Cristo: “Aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros.”
Juan 1:14
.
Escritos en épocas diferentes y por hombres que diferían notable-
mente en posición social y económica y en facultades intelectuales y
espirituales, los libros de la Biblia presentan contrastes en su estilo,
como también diversidad en la naturaleza de los asuntos que desa-
rrollan. Sus diversos escritores se valen de expresiones diferentes; a
menudo la misma verdad está presentada por uno de ellos de modo
más patente que por otro. Ahora bien, como varios de sus autores
nos presentan el mismo asunto desde puntos de vista y aspectos
diferentes, puede parecer al lector superficial, descuidado y preve-
nido, que hay divergencias o contradicciones, allí donde el lector
atento y respetuoso discierne, con mayor penetración, la armonía
fundamental.
Presentada por diversas personalidades, la verdad aparece en sus
variados aspectos. Un escritor percibe con más fuerza cierta parte
del asunto; comprende los puntos que armonizan con su experiencia
o con sus facultades de percepción y apreciación; otro nota más
bien otro aspecto del mismo asunto; y cada cual, bajo la dirección
del Espíritu Santo, presenta lo que ha quedado inculcado con más
fuerza en su propia mente. De aquí que encontremos en cada cual
un aspecto diferente de la verdad, pero perfecta armonía entre todos
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ellos. Y las verdades así reveladas se unen en perfecto conjunto,
adecuado para satisfacer las necesidades de los hombres en todas las
circunstancias de la vida.
Dios se ha dignado comunicar la verdad al mundo por medio de
instrumentos humanos, y él mismo, por su Santo Espíritu, habilitó a
hombres y los hizo capaces de realizar esta obra. Guió la inteligencia
de ellos en la elección de lo que debían decir y escribir. El tesoro
fué confiado a vasos de barro, pero no por eso deja de ser del cielo.
Aunque llevado a todo viento en el vehículo imperfecto del idioma
humano, no por eso deja de ser el testimonio de Dios; y el hijo de