Página 372 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 1 (2003)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 1
cumbían en el momento de asirla, y otros, después de tenerla un
instante en las manos. El suelo estaba sembrado de cadáveres, y
no obstante, la multitud se apretujaba y avanzaba pisoteando los
cadáveres de sus compañeros. Todos los que alcanzaban la coro-
na poseían parte de ella y eran aplaudidos calurosamente por la
interesada compañía que anhelante rodeaba la corona.
Una numerosa hueste de ángeles malos estaba muy atareada. Sa-
tanás permanecía en medio de ellos, y todos miraban con extremada
satisfacción a la multitud que luchaba por la corona.
Satanás parecía lanzar un peculiar ensalmo sobre quienes más
afanosamente la apetecían. Muchos de los que buscaban esa corona
terrenal eran cristianos de nombre y algunos parecían tener un poco
de luz; pero, si bien miraban deseosos la corona celestial y a veces
parecían encantados de su hermosura, no tenían verdadero concepto
de su valía y belleza. Mientras con una lánguida mano trataban de
alcanzar la celestial, con la otra se esforzaban con afán en lograr la
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terrena, resueltos a poseerla, y perdían de vista la celestial. Quedaban
en tinieblas; sin embargo iban a tientas, ansiosos de asegurarse la
corona terrena.
Otros se disgustaban de seguir con quienes tan afanosamente
buscaban esa corona, y recelando de los peligros que implicaba,
se apartaban de ella para ir en busca de la celestial. El aspecto de
éstos se transmutaba muy pronto de tinieblas a luz y de melancolía
a placidez y santo júbilo.
Después vi una hueste que, con la vista decididamente fija en la
corona del cielo, se abría paso a través de la multitud. Y mientras
avanzaba presurosa por entre la desordenada muchedumbre, los
ángeles la asistían y le daban espacio para avanzar. Al acercarse a la
corona celeste, la luz que ésta despedía brilló sobre los miembros de
dicha compañía y alrededor de ellos disipó las tinieblas, y aumentó su
fulgor hasta transformarlos a semejanza de los ángeles. No echaron
ni una sola mirada para atrás, sobre la corona terrenal. Los que
iban en busca de ésta se mofaban de ellos y les arrojaban pelotillas
negras que por cierto no les producían daño alguno mientras sus ojos
estaban fijos en la corona celestial; pero quienes prestaban atención
a las pelotillas negras quedaban manchados por ellas. Entonces se
me presentó a la vista el siguiente pasaje de la Escritura: