Página 496 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 4 (2007)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 4
quede bien entendido que la conversación sobre tus opiniones parti-
culares queda prohibida”. Si el cónyuge creyente manifiesta algún
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fervor especial respecto de su propia fe, ello puede ser interpretado
como falta de bondad hacia el que no tiene interés en la experiencia
cristiana.
El cónyuge creyente razona que, dada su nueva relación, debe
conceder algo al compañero que ha elegido. Asiste a diversiones
sociales y mundanas. Al principio lo hace de muy mala gana; pero
el interés por la verdad disminuye, y la fe se trueca en duda e in-
credulidad. Nadie habría sospechado que esa persona que antes era
un creyente firme y concienzudo que seguía devotamente a Cristo
pudiese llegar a ser la persona vacilante y llena de dudas que es
ahora. ¡Oh, qué cambio realizó ese casamiento imprudente!
¿Qué debe hacer todo creyente cuando se encuentra en esa peno-
sa situación que prueba la integridad de los principios religiosos?
Con firmeza digna de imitación debe decir francamente: “Soy cris-
tiano a conciencia. Creo que el séptimo día de la semana es el día de
reposo bíblico. Nuestra fe y principios son tales que van en direc-
ciones opuestas. No podemos ser felices juntos, porque si yo sigo
adelante para adquirir un conocimiento más perfecto de la voluntad
de Dios, llegaré a ser más diferente del mundo y semejante a Cristo.
Si usted continúa no viendo hermosura en Cristo ni atractivos en
la verdad, amará al mundo, al cual yo no puedo amar, mientras yo
amaré las cosas de Dios que usted no puede amar. Las cosas espiri-
tuales se disciernen espiritualmente. Sin discernimiento espiritual
usted no podrá ver los derechos que Dios tiene sobre mí, ni podrá
comprender mis obligaciones hacia el Maestro a quien sirvo; por lo
tanto le parecerá que yo le descuido por los deberes religiosos. Usted
no será feliz; sentirá celos por el afecto que entrego a Dios; y yo
igualmente me sentiré aislado por mis creencias religiosas. Cuando
sus opiniones cambien, cuando usted responda a las exigencias de
Dios y aprenda a amar a mi Salvador, podremos reanudar nuestras
relaciones”.
El creyente hace así un sacrificio por Cristo que su conciencia
aprueba, y demuestra que aprecia demasiado la vida eterna para co-
rrer el riesgo de perderla. Siente que sería mejor permanecer soltero
que ligar sus intereses para toda la vida a una persona que prefiere
el mundo a Cristo, y que lo apartaría de su cruz. Pero muchos no