Página 568 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 5
toda humildad de ánimo, entonces tendrían una visión más clara del
Dechado que deben copiar; pero dejan de mantener sus ojos fijos en
el Autor y Consumador de su fe.
No es necesario que ninguno de nosotros ceda a las tentaciones
de Satanás, y así viole su conciencia y agravie al Espíritu Santo.
Ha sido hecha en la Palabra de Dios toda provisión para que todos
tengan la ayuda divina en sus esfuerzos para vencer. Si mantienen a
Jesús delante de sí, llegarán a ser transformados a su imagen. Todos
los que por la fe tienen a Cristo morando en sí están dotados de
un poder que les dará éxito en sus trabajos. Se estarán haciendo
constantemente más y más eficientes en su trabajo, y la bendición
de Dios, manifestada en la prosperidad de la obra, testificará de que
son verdaderamente colaboradores de Cristo. Pero por mucho que
uno progrese en la vida espiritual, nunca llegará al punto en que no
necesite escudriñar diligentemente las Escrituras; porque en ellas
se hallan las evidencias de nuestra fe. Todos los puntos de doctrina,
aun cuando hayan sido aceptados como verdad, deben ser sometidos
a la ley y al testimonio; si no pueden resistir esta prueba, “es porque
no les ha amanecido”.
Isaías 8:20
.
El gran plan de la redención, como está revelado en la obra final
de estos últimos días, debe recibir estricto examen. Las escenas
relacionadas con el santuario celestial deben hacer tal impresión
en la mente y el corazón de todos, que puedan impresionar a otros.
Todos necesitan llegar a ser más inteligentes respecto de la obra de
la expiación que se está realizando en el santuario celestial. Cuando
se vea y comprenda esa gran verdad, los que la sostienen trabajarán
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en armonía con Cristo para preparar un pueblo que subsista en el
gran día de Dios, y sus esfuerzos tendrán éxito.
Por el estudio, la contemplación y la oración, los hijos de Dios
serán elevados sobre los pensamientos y sentimientos comunes y
terrenales, y serán puestos en armonía con Cristo y su gran obra
de purificar el santuario celestial de los pecados del pueblo. Su fe
le acompañará en el santuario, y en la tierra los adoradores estarán
revisando cuidadosamente su vida, comparando su carácter con la
gran norma de justicia. Verán sus propios defectos; y verán también
que deben recibir la ayuda del Espíritu de Dios a fin de quedar
preparados para la grande y solemne obra que en este tiempo se
impone a los embajadores de Dios.