Página 141 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 9 (1998)

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Consejos para los ministros
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Llevad a cabo toda vuestra obra sobre principios estrictamente
religiosos. Que vuestra ferviente pregunta sea: “¿Qué puedo hacer
para agradar al Maestro?” Visitad lugares en los que los creyentes
necesiten ánimo y ayuda. Preguntaos a cada paso: “¿Es éste el
camino del Señor? ¿Estoy en armonía con su voluntad en espíritu, en
palabra y en acción?” Si trabajáis para Dios pensando únicamente en
darle gloria, vuestra obra llevará el molde divino, y estaréis llevando
a cabo los propósitos del Señor.
En vuestro estudio de la Palabra de Dios, penetrad cada vez más
profundamente. Aferraos del poder divino por la fe, y buscad la
profundidad de la inspiración. Llevad a vuestro ministerio el poder
de Dios y recordad que tenéis su respaldo. Dejad que su amor brille
a través de todo lo que hacéis y decís. Dejad que la preciosa y
sencilla verdad de la Palabra de Dios brille plenamente. Humillaos
delante de Dios. Cristo será vuestra eficiencia. El os ha designado
como mayordomos sobre su casa, para que deis alimento a su debido
tiempo. Los obreros de Cristo están muy cerca de su corazón. El
desea perfeccionar su casa mediante la perfección de sus ministros.
* * * * *
Cristo es el Redentor amante y compasivo. Los hombres y las
mujeres se fortalecen en su poder sustentador para resistir el mal.
[122]
Cuando el pecador convencido de su culpa considera el pecado, lo
ve extremadamente pecaminoso. Se pregunta por qué no acudió
antes a Cristo. Comprende que tiene que vencer sus faltas, y que
sus apetitos y pasiones deben ser sometidos a la voluntad de Dios, a
fin de ser participante de la naturaleza divina, habiendo vencido la
corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Habiéndose
arrepentido de su transgresión de la ley de Dios, se esfuerza con
fervor para vencer el pecado. Procura revelar el poder de la gracia
de Cristo y se pone en contacto personal con el Salvador. Mantiene
a Cristo constantemente ante él. Orando, creyendo y recibiendo las
bendiciones que necesita, se acerca cada vez más a la norma que
Dios le ha fijado. En su carácter se revelan nuevas virtudes a medida
que niega el yo y eleva la cruz, siguiendo hacia donde Cristo guía.
Ama al Señor Jesús de todo corazón, y Cristo se convierte en su
sabiduría, su justicia, su santificación y su redención.