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Capítulo 25—Pruebas personales
Antes de trasladarnos de Rochester, sintiéndose mi esposo muy
débil, creyó él necesario librarse de las responsabilidades de la obra
de publicaciones. Entonces propuso que la iglesia se hiciese cargo
de esa obra, y que ésta fuese administrada por una junta editorial que
aquélla debía nombrar, suponiéndose además que ninguno de sus
integrantes debería recibir beneficio financiero alguno en adición al
salario que ya estuviera recibiendo por su trabajo.
Esfuerzos para establecer la obra de publicaciones
Aunque el asunto fue discutido varias veces, los hermanos no
tomaron ningún acuerdo sobre el particular hasta el año 1861. Hasta
ese momento mi esposo había sido el propietario legal de la casa
editora y el único administrador de la misma. Gozaba de la confianza
de amigos activos de la causa, quienes confiaban a él los medios que
de vez en cuando donaban, a medida que la obra crecía y necesitaba
más fondos para el firme establecimiento de la empresa editorial.
Pero a pesar de que constantemente se informaba a través de la
Review
que la casa publicadora era prácticamente propiedad de la
iglesia, como él era el único administrador legal, nuestros enemigos
se aprovecharon de esta situación y, con acusaciones de especula-
ción, hicieron todo lo posible para perjudicarlo y retardar el progreso
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de la obra. Bajo estas circunstancias él presentó el asunto a la or-
ganización, y como resultado, en la primavera de 1861 se decidió
organizar legalmente la Asociación Adventista de Publicaciones, de
acuerdo con las leyes del Estado de Míchigan.
Preocupación por los hijos
Aunque nuestras responsabilidades en la obra de publicaciones y
otras ramas de nuestro trabajo nos producían mucha preocupación, el
sacrificio más fuerte que me imponía la obra en que estaba empeñada
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