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La Oración
que una lluvia de bendición caiga sobre el pueblo de Dios. Ni los
hombres perversos ni los demonios pueden obstaculizar la obra de
Dios ni impedir su presencia en las asambleas de su pueblo, si éste,
con corazón contrito y sumiso, confiesa y aparta sus pecados, y
reclama con fe sus promesas.—
Mensajes Selectos 1:144, 145
.
El Espíritu acompaña cada oración sincera
—La religión que
proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle
debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el
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corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para
conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a
todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la
obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración
sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un
alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se
revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos
y hacerlos sus hijos e hijas.—
El Deseado de Todas las Gentes, 159,
160
.
La oración sin un servicio ferviente al prójimo termina en
formalismo
—Dios no pretende que algunos de nosotros nos ha-
gamos ermitaños o monjes, ni que nos retiremos del mundo a fin
de consagrarnos a los actos de adoración. Nuestra vida debe ser
como la vida de Cristo, que estaba repartida entre la montaña y la
multitud. El que no hace nada más que orar, pronto dejará de hacerlo
o sus oraciones llegarán a ser una rutina formal. Cuando los hombres
se alejan de la vida social, de la esfera del deber cristiano y de la
obligación de llevar su cruz, cuando dejan de trabajar ardientemente
por el Maestro que trabajaba con ardor por ellos, pierden lo esencial
de la oración y no tienen ya estímulo para la devoción. Sus oraciones
llegan a ser personales y egoístas. No pueden orar por las necesi-
dades de la humanidad o la extensión del reino de Cristo, ni pedir
fuerza con que trabajar.—
El Camino a Cristo, 101
.
La madurez espiritual depende de la oración
—Para progresar
en la vida espiritual, tenemos que pasar mucho tiempo en oración.
Cuando el mensaje de verdad se proclamó por primera vez, ¡cuánto
se oraba! ¡Cuàn a menudo se oía en las cámaras, en el establo, en
el huerto o en la arboleda la voz intercesora! A menudo pasábamos
horas enteras en oración, dos o tres juntos reclamando la promesa;
con frecuencia se escuchaba el sonido del llanto, y luego la voz de