Página 411 - Profetas y Reyes (1957)

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Un despertamiento espiritual
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“¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en
el camino, y cuando nos abría las Escrituras?”
Lucas 24:32
. Son
muchos los que están clamando en pos del Dios viviente y anhelando
la presencia divina. Permítase a la palabra de Dios que hable al co-
razón, y que aquellos a quienes sólo se habló de tradiciones, teorías
y máximas humanas, oigan la voz de Aquel que puede renovar el
alma para vida eterna.
De los patriarcas y profetas resplandeció una gran luz. Cosas
gloriosas fueron expresadas acerca de Sión, la ciudad de Dios. Así
quiere el Señor que la luz resplandezca hoy por medio de quienes le
siguen. Si los santos del Antiguo Testamento dieron tan brillante tes-
timonio de lealtad, ¿no deberán aquellos sobre quienes resplandece
la luz acumulada durante siglos dar un testimonio aun más señalado
con respecto al poder de la verdad? La gloria de las profecías derra-
ma su luz sobre nuestra senda. Los símbolos se encontraron con la
realidad en la muerte del Hijo de Dios. Cristo resucitó de los muer-
tos, y proclamó sobre el sepulcro abierto: “Yo soy la resurrección y
la vida.”
Juan 11:25
. Envió su Espíritu al mundo para recordarnos
todas las cosas. Y por un milagro de su poder, preservó su Palabra
escrita a través de los siglos.
Los reformadores cuya protesta nos dió el nombre de protes-
tantes, consideraron que Dios los había llamado a dar al mundo la
luz del Evangelio, y en su esfuerzo por hacerlo, estaban listos para
sacrificar sus bienes, su libertad y aun la misma vida. Frente a la
persecución y la muerte, el Evangelio se proclamó lejos y cerca. La
palabra de Dios fué comunicada al pueblo; y todas las clases, humil-
des y encumbrados, ricos y pobres, sabios e ignorantes, la estudiaron
con avidez por su cuenta. ¿Somos nosotros, en este último conflicto
de la gran controversia, tan fieles a nuestro cometido como lo fueron
al suyo los primeros reformadores?
“Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congre-
gación. Reunid el pueblo, santificad la reunión, juntad los viejos,
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congregad los niños... Lloren los sacerdotes, ministros de Jehová, y
digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no pongas en oprobio tu
heredad.” “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y
lloro y llanto. Y lacerad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y
convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y cle-
mente, tardo para la ira, y grande en misericordia, y que se arrepiente