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Miembros más consagrados, 28 de octubre
Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las
casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y
teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los
que habían de ser salvos.
Hechos 2:46, 47
.
Cada persona verdaderamente convertida estará intensamente interesada en
llevar a otros de las tinieblas del error a la maravillosa luz de la justicia de
Jesucristo. El gran derramamiento del Espíritu de Dios que ha de alumbrar toda
la tierra con su gloria, no sobrevendrá hasta que tengamos un pueblo esclarecido
que sepa por experiencia lo que significa ser colaboradores juntamente con Dios.
Cuando tengamos una consagración completa y sincera al servicio de Cristo, Dios
lo reconocerá derramando su Espíritu sin medida; pero esto no ocurrirá mientras la
mayor parte de la iglesia no trabaje juntamente con Dios. Dios no puede otorgar su
Espíritu cuando el egoísmo y la complacencia propia se manifiestan en forma tan
notoria, cuando prevalece un espíritu que, si se lo tradujera en palabras, constituiría
la respuesta de Caín: “¿Soy yo guarda de mi hermano?”
Génesis 4:9
.
Si la verdad para este tiempo, si las señales que se están multiplicando por
todas partes—que testifican de que el fin de todas las cosas está cercano—no
son suficientes para despertar la energía dormida de los que profesan conocer la
verdad, entonces los alcanzará una oscuridad proporcional a la luz que ha estado
brillando sobre ellos. En el gran día de ajuste final no podrán presentar a Dios
ninguna excusa por su indiferencia. No habrá razón alguna para argumentar acerca
de por qué no vivieron, anduvieron y trabajaron a la luz de la sagrada verdad
de la Palabra de Dios. Ni de por qué no revelaron al mundo obscurecido por el
pecado, mediante su conducta, su simpatía y su celo, que el poder y la realidad
del evangelio no pueden ser controvertidos.
No es el ministro solo, sino también los feligreses, quienes no están haciendo
todo lo posible para instar a los hombres por precepto y por ejemplo a aceptar la
gracia salvadora de Cristo. Con habilidad y tacto, con sabiduría recibida de arriba,
deberían persuadir a sus semejantes a contemplar al Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo.—
The Review and Herald, 21 de julio de 1896
.
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