Página 125 - Joyas de los Testimonios 1 (1971)

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Las dos corona
En una visión que tuve en Battle Creek (Míchigan), el 25 de
octubre de 1861, se me mostró esta tierra obscura y melancólica.
Dijo el ángel: “¡Mira cuidadosamente!” Se me mostró entonces a
los pobladores de la tierra. Los ángeles de Dios rodeaban a algunos;
otros estaban en tinieblas completas, rodeados por ángeles malos.
Vi bajar del cielo un brazo que sostenía un cetro de oro, en cuyo
extremo había una corona cuajada de diamantes, cada uno de los
cuales despedía una viva y hermosa luz. En la corona se leía: “Todos
los que me ganen serán felices y tendrán vida eterna.”
Debajo de esa corona había otro cetro, y sobre él otra corona,
en cuyo centro había joyas, oro y plata, que reflejaban algo de luz.
La inscripción de esta corona era: “Tesoros terrenos. La riqueza es
poder. Todos los que me ganen tendrán honor y fama.” Vi una gran
multitud que porfiaba por obtener esta corona. Todos clamaban por
ella, y algunos, con tal ahinco, que parecían enloquecidos. Se herían
unos a otros, empujaban para atrás a los más débiles y pisoteaban
a quienes caían en su apresuramiento. Algunos se apoderaban an-
siosamente de las preseas de la corona y las retenían con vigoroso
empeño. Otros tenían los cabellos blancos como plata y los rostros
surcados de arrugas causadas por la inquietud y la ansiedad. No
hacían caso ni de sus propios parientes, carne de su carne y hueso
de sus huesos; y cuando alguno de ellos los miraba anhelosamente,
se asían con más firmeza a sus tesoros como si temieran que en un
momento de descuido fuesen a perder parte de ellos, o se les obligara
a compartirlos con los reclamantes. Sus ansiosos ojos se clavaban
en la corona terrenal, y contaban y recontaban sus tesoros.
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Aparecieron entre la multitud figuras que personificaban la pe-
nuria y la miseria; miraban anhelosamente los tesoros y se apartaban
desesperadas porque el fuerte se sobreponía y rechazaba al débil.
Sin embargo, no cejaban en su empeño y con una multitud de contra-
hechos, enfermizos y viejos, trataban de abrirse paso hacia la corona
Testimonios para la Iglesia 1:347-353 (1862)
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