Página 339 - Joyas de los Testimonios 1 (1971)

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Los diezmos y ofrenda
La misión de la iglesia de Cristo consiste en salvar a los pecado-
res que perecen. Consiste en darles a conocer el amor de Dios hacia
los hombres y ganarlos para Cristo por la eficacia de ese amor. La
verdad para este tiempo debe ser proclamada hasta en los rincones
obscuros de la tierra, y esta obra puede empezar en nuestro propio
país. Los que siguen a Cristo no deben vivir egoístamente; sino que,
compenetrados del Espíritu de Cristo, deben obrar en armonía con
él.
La actual frialdad e incredulidad tienen sus causas. El amor
al mundo y los cuidados de la vida separan al alma de Dios. El
agua de la vida debe estar en nosotros, fluir de nosotros, brotar para
vida eterna. Debemos manifestar externamente lo que Dios obra en
nuestro interior. Si el cristiano quiere disfrutar de la luz de la vida,
debe aumentar sus esfuerzos para traer a otros al conocimiento de la
verdad. Su vida debe caracterizarse por el ejercicio y los sacrificios
para hacer bien a otros; y entonces no habrá ya quejas de que falta
el gozo.
Los ángeles están siempre empeñados en trabajar para la fe-
licidad de otros. Ese es su gozo. Lo que los corazones egoístas
considerarían como un servicio humillante, o sea, el servir a los
miserables y a las personas de carácter y posición en todo sentido
inferiores, es la obra de los ángeles puros y sin pecado de los reales
atrios del cielo. El espíritu abnegado del amor de Cristo es el espíritu
que predomina en lo alto, y es la misma esencia de su felicidad.
Los que no sienten placer especial en tratar de beneficiar a los
demás, en trabajar, aun con sacrificio, para hacerles bien, no pueden
tener el espíritu de Cristo o del cielo, porque no están unidos a la obra
de los ángeles celestiales, y no pueden participar en la felicidad que
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les imparte un gozo excelso. Cristo ha dicho: “Habrá más gozo en el
cielo de un pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve justos,
que no necesitan arrepentimiento.”
Lucas 15:7
. Si el gozo de los
Testimonios para la Iglesia 3:381-408 (1875)
.
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