Página 507 - Joyas de los Testimonios 1 (1971)

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El carácter sagrado de los votos
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pantes de su gracia, pueden colaborar con Cristo dándole ofrendas y
sacrificios voluntarios. Cuando los miembros de la iglesia desean
que no se hagan más pedidos de recursos, dicen virtualmente que se
conformarían con que la causa no progresase.
“E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me
guardare en este viaje que voy, y me diere pan para comer y vestido
para vestir, y si tornare en paz a casa de mi padre, Jehová será mi
Dios, y esta piedra que he puesto por título, será casa de Dios: y de
todo lo que me dieres, el diezmo lo he de apartar para ti.”
Génesis
28:20-22
. Las circunstancias que indujeron a Jacob a hacer un voto
al Señor eran similares a las que inducen a los hombres y las mujeres
a hacerle votos en nuestro tiempo. Mediante un acto pecaminoso
había obtenido la bendición que le había prometido la segura palabra
de Dios. Al hacer esto había mostrado gran falta de fe en el poder
de Dios para ejecutar sus propósitos por desalentadoras que fuesen
las apariencias del momento. En lugar de obtener el puesto que
codiciaba, se vió obligado a huir para salvar su vida de la ira de
Esaú. Con sólo el bastón que tenía en la mano, tenía que viajar
centenares de kilómetros por un país desolado. Había perdido el
valor, y se sentía lleno de remordimiento y timidez, y trataba de evitar
a los hombres, no fuese que su hermano airado pudiese seguirle el
rastro. No tenía la paz de Dios para consolarlo; porque le acosaba el
pensamiento de que había perdido el derecho a la protección divina.
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El segundo día de su viaje se acerca a su fin. Se siente cansado,
hambriento y sin hogar, y le parece que Dios le ha abandonado. Sabe
que ha traído todo esto sobre sí mismo por su mala conducta. Le
rodean sombrías nubes de desesperación, y le parece ser un paria.
Su corazón está lleno de un terror sin nombre y apenas se atreve a
orar. Pero está tan completamente solitario que siente la necesidad
de la protección divina como nunca antes. Llora y confiesa sus
pecados ante Dios, y suplica que le dé alguna evidencia de que no le
ha abandonado completamente. Pero su cargado corazón no halla
alivio. Ha perdido toda confianza en sí mismo, y teme que el Dios
de sus padres le haya desechado. Pero ese Dios misericordioso se
compadece del pobre hombre desamparado y pesaroso, que allega
las piedras para formar su almohada y tiene tan sólo el pabellón de
los cielos como cobertor.