Página 154 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 1 (2003)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 1
Al contemplar el hecho terrible de que el pueblo de Dios se en-
cuentra conformado con el mundo, y que no hay distinción, excepto
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en el nombre, entre muchos de los profesos discípulos del humilde
Jesús y los incrédulos, me sentí profundamente angustiada. Vi que
Jesús había sido herido y avergonzado abiertamente. El ángel dijo
que veía con tristeza al profeso pueblo de Dios amando al mun-
do, participando de su espíritu y siguiendo sus modas: “¡Apartaos!
¡Apartaos! ¡No sea que él os envíe con los hipócritas y los incrédu-
los fuera de la ciudad! Vuestra profesión tan sólo os causará mayor
angustia, y vuestro castigo será mayor porque conocíais su voluntad,
pero no la hicisteis”.
Los que profesan creer el mensaje del tercer ángel, con frecuencia
perjudican la causa de Dios comportándose livianamente, gastando
bromas y haciendo chistes y ocupándose de frivolidades. Vi que este
mal afectaba a todas nuestras filas. Es necesario humillarse delante
del Señor, el Israel de Dios debiera desgarrar el corazón y no el
vestido. Pocas veces se observa la sencillez infantil; se piensa más
en la aprobación de los hombres que en el desagrado de Dios. El
ángel dijo: “Poned en orden vuestro corazón, no sea que él os visite
con juicio y sea cortado el débil hilo de la vida, y permanezcáis en
el sepulcro sin protección, sin preparación para el juicio. O si hacéis
vuestra cama en la tumba, a menos que pronto hagáis paz con Dios,
y os separéis del mundo, vuestros corazones se endurecerán aún más
y os reclinaréis contra un falso apoyo, una supuesta preparación,
y descubriréis vuestro error demasiado tarde para aseguraros una
firme esperanza”.
Vi que algunos profesos observadores del sábado pasaban horas
que eran más que perdidas estudiando esta o aquella moda para
adornar su pobre cuerpo mortal. Mientras tratáis de presentaros lo
más semejante al mundo, y tan hermosamente como podáis, recor-
dad que el mismo cuerpo puede en pocos días ser alimento de los
gusanos. Y mientras lo adornáis a vuestro gusto, para agradar a los
ojos, estáis muriendo espiritualmente. Dios detesta vuestro orgullo
vano y perverso, y os considera como un sepulcro blanqueado, lleno
de corrupción y de impurezas.
Las madres dan un ejemplo de orgullo a los hijos, y al hacerlo,
siembran semillas que producirán fruto. La cosecha será abundante
e inevitable. Lo que ellas siembran, también segarán. La cosecha