Página 188 - Joyas de los Testimonios 2 (2004)

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Joyas de los Testimonios 2
La carga incumbe a los padres; ¿asumirán ellos la obra que
Dios les ha confiado y la harán con fidelidad? ¿Avanzarán ellos y
subirán, trabajando de una manera humilde, paciente y perseverante,
para alcanzar ellos mismos la exaltada norma y llevar a sus hijos
consigo? No es extraño que nuestras iglesias sean débiles, y que no
tengan esa piedad profunda y ferviente que debieran tener. Nuestras
costumbres actuales, que deshonran a Dios y rebajan lo sagrado y
celestial al nivel de lo común, nos resultan contrarias. Tenemos una
verdad sagrada, santificadora, que nos prueba; y si nuestros hábitos
y prácticas no están de acuerdo con la verdad, pecamos contra una
gran luz y somos proporcionalmente culpables. La suerte de los
paganos será mucho más tolerable que la nuestra en el día de la
justicia retributiva de Dios.
Podría hacerse una obra mucho mayor que la que estamos ha-
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ciendo ahora en cuanto a reflejar la luz de la verdad. Dios espera
que llevemos mucho fruto. Espera mayor celo y fidelidad, esfuerzos
más afectuosos y fervientes, de parte de los miembros individuales
de la iglesia en favor de sus vecinos y de los que no están en Cristo.
Los padres deben empezar su obra en un alto plano de acción. To-
dos los que llevan el nombre de Cristo deben revestirse de toda la
armadura, suplicar y amonestar a las almas y tratar de rescatarlas
del pecado. Inducid a todos aquellos a quienes podáis a escuchar
la verdad en la casa de Dios. Debemos hacer mucho más de lo que
estamos haciendo para arrancar a las almas del fuego.
Es demasiado cierto que la reverencia por la casa de Dios ha
llegado casi a extinguirse. No se disciernen las cosas y los lugares
sagrados, ni se aprecia lo santo y lo exaltado. ¿No falta en nuestra
familia la piedad ferviente? ¿No se deberá a que se arrastra en el
polvo el alto estandarte de la religión? Dios dió a su antiguo pueblo
reglas de orden, perfectas y exactas. ¿Ha cambiado su carácter? ¿No
es el Dios grande y poderoso que rige en el cielo de los cielos? ¿No
sería bueno que leyésemos con frecuencia las instrucciones dadas
por Dios mismo a los hebreos, para que nosotros, los que tenemos la
luz de la gloriosa verdad, imitemos su reverencia por la casa de Dios?
Tenemos abundantes razones para conservar un espíritu ferviente
y consagrado en el culto de Dios. Tenemos motivos para ser aun
más reflexivos y reverentes en nuestro culto que los judíos. Pero un