Página 364 - Joyas de los Testimonios 3 (2004)

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Cristo y las nacionalidade
Cristo no reconocía distinción de nacionalidad, jerarquía o credo.
Los escribas y fariseos querían acaparar todos los dones del cielo
en favor de su nación, con exclusión del resto de la familia de Dios
en el mundo entero. Pero Jesús vino para derribar toda barrera
de separación. Vino a mostrar que el don de su misericordia y de
su amor, como el aire, la luz o la lluvia que refresca el suelo, no
reconoce límites.
Por su vida, Cristo estableció una religión sin casta, merced a
la cual judíos y paganos, libres y esclavos quedan unidos por un
vínculo fraternal de igualdad delante de Dios. Ningún exclusivismo
influía en sus actos. No hacía ninguna diferencia entre prójimos y
extraños, amigos o enemigos. Su corazón era atraído hacia toda alma
que tuviese sed del agua de la vida.
No menospreciaba a ser humano alguno, y procuraba aplicar a
toda alma la virtud sanadora. En cualquier sociedad que estuviese,
presentaba una lección apropiada al tiempo y a las circunstancias.
Todo desprecio y todo ultraje que los hombres infligían a sus se-
mejantes no hacían sino hacerle sentir tanto más hondamente la
necesidad en que se hallaban de su simpatía divino-humana. Procu-
raba hacer nacer la esperanza en el más rústico de los hombres y en
aquel que menos esperanza daba, asegurándoles que podían tornarse
irreprensibles e inofensivos, y adquirir un carácter que les hiciera
hijos de Dios.
Una ilustración práctica
“Por lo cual, hermanos—dice Pedro,—procurad tanto más de ha-
cer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas,
no caeréis jamás. Porque de esta manera os será abundantemente ad-
ministrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador
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Jesucristo.”
2 Pedro 1:10, 11
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Testimonios para la Iglesia 9:190-194 (1909)
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