Página 105 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 4 (2007)

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El trabajo es beneficioso para la salud
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no reciben los cuidados por los que han pagado y tienen derecho a
esperar.
Se me mostró que rehuye frecuentemente dar consuelo y consejo
a aquellos que están imposibilitados. Me fue presentado como apa-
rentemente indiferente, más impaciente que dispuesto a escuchar lo
que le decían sus pacientes, que para ellos era de suma importancia.
Parecía que tenía mucha prisa y los apartaba a un lado para volver
a verlos en un tiempo futuro, mientras que unas pocas palabras de
comprensión y aliento habrían tranquilizado miles de temores y la
paz y el consuelo habrían ocupado el lugar de la inquietud y la des-
dicha. Parecía que teme hablar con los pacientes. No se preocupaba
por sus sentimientos, sino que se mantenía frío y distante, cuando
debiera haber manifestado más cordialidad. Se mostraba demasiado
distante e inalcanzable. Ellos lo miraban como los niños miran a
su padre, y tienen el derecho de esperar y recibir una atención que
usted no les prodiga. Entre usted y la labor que su cargo requiere
que desempeñe se interpone el “yo y los míos”. Los pacientes y sus
colaboradores necesitan frecuentemente de su consejo. Pero no se
sienten inclinados a acudir a usted, no se sienten libres de hablar con
usted.
Ha intentado mantener una dignidad inmerecida. En su esfuerzo,
no ha alcanzado el objetivo, sino que ha perdido la confianza y el
amor que debería haber ganado de no haber sido tan arrogante y más
bien manso y humilde. La verdadera dedicación y consagración a
Dios hará que tenga un lugar en el corazón de todos y lo revestirá
de una dignidad no presumida, sino genuina. Se ha enaltecido con
las palabras de aprobación que ha recibido. Su modelo debe ser
la vida de Cristo. De ella debe aprender que debe hacer el bien en
cualquier lugar que ocupe. Cuando tenga cuidado de los demás, Dios
cuidará de usted. La Majestad del cielo no evitó la fatiga. Anduvo
de un lugar a otro para beneficiar a los desvalidos y a los sufrientes.
Aunque tenga algún conocimiento, entienda de algún modo el sis-
tema humano y siga la pista de las enfermedades hasta sus causas
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mismas—aunque hable las lenguas de los hombres y los ángeles—,
si no tiene las cualidades necesarias, todos sus dones carecerán de
valor. Reciba el poder de Dios que sólo obtienen quienes ponen en
Él su confianza y se consagran a la labor que les ha encomendado.
Cristo debe formar parte de su conocimiento. Considere la sabiduría