Página 246 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 5
de semejarse a Cristo en su celo fervoroso, en su tacto considerado, y
en sus esfuerzos personales en pocas palabras, en todo su ministerio.
Han de tener una conexión vital con Dios y han de familiarizarse de
tal manera con las profecías y las lecciones prácticas del Antiguo y
Nuevo Testamento que puedan extraer de la mina de la Palabra de
Dios cosas nuevas y viejas.
Algunos de estos ministros cometen un error en la preparación
de sus discursos. Organizan todos los pormenores de una manera
tan exacta que no le dejan lugar al Señor para dirigir e impresionar
sus mentes. Cada punto está fijo, estereotipado por así decirlo, y no
pueden apartarse del plan que han delineado. Este procedimiento,
si se continúa, hará que se hagan estrechos de mente, circunscritos
en su punto de vista, y pronto los dejará tan desprovistos de vida y
energía como lo estaban las colinas de Gilboa de rocío y lluvia. Es
preciso que abran sus almas y permitan que el Espíritu Santo tome
posesión de sus mentes y las impresione. Cuando todo lo delinean
de antemano y piensan que no pueden desviarse de estos discursos
fijos, el efecto no es mucho mejor que el que produce la lectura de
un sermón.
Dios desea que sus ministros dependan enteramente de él, pero
a la vez ellos debieran estar cabalmente instruidos para toda buena
obra. No se puede exponer un tema de la misma manera a todas las
congregaciones. Si se le permite hacer su obra, el Espíritu Santo
impresionará la mente con ideas ajustadas a los casos de aquellos
que necesitan ayuda. Sin embargo, los discursos formales de muchos
de los que ocupan el púlpito tienen muy poco del poder vitalizador
del Espíritu Santo. El hábito de predicar discursos como éstos será
efectivo en destruir la utilidad y capacidad del ministro. Esta es una
de las razones porque los esfuerzos de los obreros en _____ y en
_____ no han tenido más éxito. Dios ha tenido muy poco que ver
con la impresión de la mente en el púlpito.
Otra causa del fracaso en estas asociaciones es que el pueblo
a quien el mensajero es enviado quiere acomodar sus ideas a las
de ellos y poner palabras en su boca cuando él debiera hablar. Los
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atalayas de Dios no han de estudiar cómo han de complacer a la
gente, escuchar sus palabras ni proferirlas, sino que han de oír lo que
dice el Señor y cuál es su mensaje para el pueblo. Si dependen de
discursos preparados años antes, puede ser que fracasen en suplir las