Página 247 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

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La obra del ministro del evangelio
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necesidades de una ocasión dada. Debieran abrir sus corazones para
que el Señor los impresione, y luego podrán ofrecerle al pueblo la
preciosa verdad fresca del cielo. Dios no está satisfecho con aquellos
ministros de mente estrecha que aplican las energías que Dios les ha
dado a asuntos de poca importancia y dejan de crecer en sabiduría
divina hasta alcanzar la estatura de un varón perfecto. El quiere que
sus ministros posean amplitud mental y verdadera valentía moral.
Tales hombres estarán preparados para hacer frente a la oposición y
superar dificultades, y conducirán al rebaño de Dios en lugar de ser
dirigidos por él.
Hay demasiado poco del Espíritu y del poder de Dios en la
obra de los atalayas. El Espíritu que caracterizó aquella maravillosa
reunión el día de Pentecostés, está esperando manifestar su poder so-
bre los hombres que están interpuestos entre los vivos y los muertos
como embajadores de Dios. El poder que conmovió al pueblo tan
fuertemente durante el movimiento de 1844 se ha de manifestar una
vez más. El mensaje del tercer ángel avanzará, no en tono silencioso,
sino con gran clamor.
Muchos de los que profesan tener gran luz están caminando bajo
la lumbre de un fuego de hechura propia. Necesitan que sus labios
sean tocados con un carbón encendido del altar para que brote de
ellos la verdad como hombres que están inspirados. Hay muchos
que suben al púlpito con discursos rutinarios que no llevan en sí la
luz del cielo.
Hay demasiado del yo y muy poco de Jesús en el ministerio de
todas las denominaciones. El Señor usa a hombres humildes para
proclamar sus mensajes. Si Cristo hubiera venido en majestad real,
con la pompa que acompaña a los grandes hombres de la tierra,
muchos lo hubieran aceptado; pero Jesús de Nazaret no deslumbró
los sentidos de la gente con una exhibición de gloria externa, ni la
convirtió en la razón fundamental para ser reverenciado por ellos.
Vino como un humilde hombre para ser Maestro y Ejemplo, como
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también el Redentor de la humanidad. Si él hubiera dado lugar a
la pompa, si hubiera venido acompañado del séquito de insignes
hombres de la tierra, ¿cómo habría podido enseñar la humildad?
¿Cómo habría podido presentar verdades ardientes como las de su
Sermón del Monte? El ejemplo que nos dio era el que anhelaba
que imitaran sus seguidores. ¿Qué hubiera sido de la esperanza