Página 262 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 5
como un acto de humilde obediencia de nuestra parte y como un
reconocimiento agradecido de nuestra deuda para con él por todas
las bendiciones que disfrutamos. Brindemos, pues, nuestras ofrendas
voluntariamente y digamos con David: “Todas las cosas de ti proce-
den, y de lo tuyo te hemos dado”. La retención de más de lo que sea
conveniente conduce a la pobreza. Dios será condescendiente con
algunos y examinará y probará a todos; pero su maldición seguirá
al que profesa la verdad y es egoísta y amante del mundo. Dios
conoce el corazón; cada pensamiento y cada intención está abierta
ante sus ojos. El dice: “Yo honraré a los que me honran, y los que me
desprecian serán tenidos en poco”.
1 Samuel 2:30
. El sabe a quién
bendecir y quiénes merecen su maldición. El no se equivoca, porque
los ángeles guardan registro de todas nuestras acciones y palabras.
Cuando el pueblo de Dios estaba a punto de construir el santua-
rio en el desierto, era necesario hacer extensas preparaciones. Se
reunieron materiales costosos, y entre ellos había oro y plata. Como
dueño legítimo de todos sus tesoros, el Señor pidió estas ofrendas
al pueblo; pero aceptó solamente las que fueron dadas voluntaria-
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mente. El pueblo trajo sus ofrendas voluntarias hasta que se le dijo
a Moisés: “El pueblo trae mucho más de lo que se necesita para la
obra que Jehová ha mandado que se haga”.
Éxodo 36:6, 7
.
Si hubieran estado presentes ciertos hombres de ideas limitadas,
se hubieran asombrado con horror. Cual Judas hubiesen preguntado:
“¿Para qué este despilfarro?” Pero el santuario no fue ideado para
honrar a los hombres, sino al Dios del cielo. El había dado instruc-
ciones específicas de cómo debía hacerse todo. Había que enseñarle
al pueblo que él es un ser grandioso y majestuoso y que debía ser
adorado con reverencia y temor.
La casa donde se adora a Dios debe concordar con su carácter y
majestad. Hay iglesias pequeñas que toda la vida serán pequeñas,
porque ponen sus intereses propios por encima de los intereses de la
causa de Dios. Poseen viviendas amplias y cómodas para sí mismos
y están constantemente mejorando sus entornos; sin embargo, se
conforman con tener un lugar inadecuado para el culto de Dios
donde ha de morar su presencia. Se sorprenden de que José y María
se hayan visto forzados a buscar albergue en un establo, y que en él
nació el Salvador; pero están dispuestos a emplear gran parte de sus
recursos en lo personal, mientras que vergonzosamente se descuida