Página 362 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

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Testimonios para la Iglesia, Tomo 5
de la concupiscencia, la pasión no santificada predomina, hasta que,
demasiado tarde, la víctima se despierta para vivir una vida de des-
dicha y servidumbre. Este no es un cuadro imaginario, sino un relato
de hechos ocurridos. Dios no sanciona las uniones que ha prohi-
bido expresamente. Durante años, he venido recibiendo cartas de
diferentes personas que habían contraído matrimonios infortunados,
y las historias repugnantes que me fueron presentadas bastan para
hacer doler el corazón. No es ciertamente cosa fácil decidir qué clase
de consejos se puede dar a estas personas desdichadas, ni cómo se
podría aliviar su condición, pero por lo menos su triste suerte debe
servir de advertencia para otros.
En esta época del mundo, cuando las escenas de la historia terre-
nal están por clausurarse pronto, y estamos por entrar en el tiempo de
angustia como nunca lo hubo, cuantos menos sean los casamientos
contraídos, mejor para todos, tanto hombres como mujeres. Sobre
todo, cuando Satanás está trabajando con todo engaño de iniquidad
en aquellos que perecen, eviten los creyentes unirse con los incré-
dulos. Dios ha hablado. Todos los que le temen se someterán a sus
sabias recomendaciones. Nuestros sentimientos, impulsos y afectos
deben fluir hacia el cielo, no hacia la tierra, en el vil y bajo cauce de
los pensamientos y las complacencias sensuales. Ahora es tiempo
de que cada alma esté como a la vista del Dios que escudriña los
corazones.
Amada hermana mía, como discípula de Jesús, usted debe inda-
gar cuál será la influencia del paso que está por dar, no sólo sobre sí
misma, sino sobre otros. Los que siguen a Cristo han de colaborar
con su Maestro; deben ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios
sin culpa en medio de la nación maligna y perversa -dice Pablo-,
entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo”.
Fili-
penses 2:15
. Hemos de recibir los brillantes rayos del Sol de Justicia,
y por nuestras buenas obras debemos dejarlos resplandecer sobre
otros, como claros y constantes reflejos, que nunca vacilan ni se em-
pañan. No podemos estar seguros de que no estamos perjudicando a
quienes nos rodean, a menos que estemos ejerciendo una influencia
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positiva que los conduzca hacia el cielo.
“Sois mis testigos” dijo Jesús, y en cada acto de nuestra vida
debemos preguntar: ¿Cómo afectará nuestra conducta los intereses
del reino del Redentor? Si usted es verdadera discípula de Cristo,