Página 475 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 5 (1998)

Basic HTML Version

La unidad y el amor en la iglesia
471
poder refrenador sobre otros miembros de la iglesia. Sus palabras y
su comportamiento deben ejercer una influencia que los induzca a
seguir el ejemplo de Cristo en la abnegación, el sacrificio propio y
el amor hacia los demás.
Si hay en la iglesia personas que ejerzan una influencia contraria
al amor y la benevolencia desinteresada que Jesús manifestaba hacia
nosotros, y se separan de sus hermanos, debe haber hombres fieles
que intervengan en estos casos con sabiduría, trabajando por sus
almas, aunque cuidando de que su influencia no afecte a los demás y
que la iglesia no sea extraviada por su desafecto y los falsos rumores.
Algunos están llenos de suficiencia propia. Piensan unos pocos que
tienen razón, pero ponen en duda y censuran todo acto de los demás.
A estas personas no se les debe permitir que pongan en peligro los
intereses de la iglesia. A fin de elevar el tono moral de la iglesia,
cada uno debe sentir que es su deber procurar la cultura espiritual
personal, por la práctica de los estrictos principios bíblicos, como a
la vista de un Dios santo.
Entienda cada miembro de la iglesia que debe estar en paz con
Dios, que debe ser santificado por la verdad. Entonces podrá repre-
sentar el carácter cristiano ante los demás y ofrecer un ejemplo de
abnegación. Si cada uno obra así, la iglesia crecerá en espiritualidad
y en favor para con Dios.
Todo miembro de iglesia debe sentir la obligación de consagrar
su diezmo a Dios. Ninguno deberá seguir la mirada de sus ojos o
la inclinación de su corazón egoísta y así robarle a Dios. No deben
usar sus recursos para satisfacer la vanidad o cualquier otra gratifi-
cación egoísta, porque al actuar de esta manera van a caer en la red
de los engaños satánicos. Dios es el que da el tacto, la capacidad
[455]
de acumular riquezas y, por lo tanto, todo debe ser colocado ante
su altar. He aquí lo que se requiere: “Honra al Señor con tus bie-
nes”.
Proverbios 3:9
. La inclinación hacia la avaricia tiene que ser
constantemente frenada, de lo contrario carcomerá los corazones de
hombres y mujeres, y ellos correrán con avaricia en pos del lucro.
En el desierto de la tentación, Satanás, el enemigo de las almas,
presentó ante Cristo las glorias de este mundo y le dijo: “Si postrado
me adorares, todo esto será tuyo”. El Salvador rechazó a Satanás;
pero ¡cuán fácilmente se deja seducir el hombre por los ofrecimien-