El plan de Dios para con nuestras casas editoriales
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presentarán fuertes tentaciones de apartarse del camino recto; se
encontrarán numerosos argumentos en favor de la conformidad a
las prácticas del mundo, la adopción de costumbres que en realidad
son deshonestas. Algunos pretenden que cuando se trata con per-
sonas faltas de delicadeza, hay que conformarse a la costumbre y
ser como ellas; que si se fuese perfectamente íntegro sería impo-
sible hacer negocios y ganarse la vida. ¿Dónde está nuestra fe en
Dios? Le pertenecemos como hijos e hijas a condición de que nos
separemos del mundo y no toquemos siquiera las cosas impuras. El
Señor dirige estas palabras tanto a sus instituciones como a cada
cristiano individualmente: “Buscad primeramente el reino de Dios y
su justicia” (
Mateo 6:33
), y ha prometido de un modo seguro que
todas las cosas necesarias para la vida nos serán dadas por añadidura.
Sobre cada conciencia debiera escribirse como quien burila sobre
la roca con cincel de acero, que el verdadero éxito, para esta vida
o la venidera, no puede obtenerse sino por la obediencia fiel a los
principios eternos de la justicia.
Impresos desmoralizadores
Cuando nuestras casas editoriales hacen una gran cantidad de
trabajo comercial, están expuestas al peligro de tener que imprimir
literatura de valor dudoso. En cierta ocasión, mientras mi atención
se concentraba en estas cuestiones, mi guía preguntó a uno de los
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hombres que ocupan una posición de responsabilidad en una de
nuestras imprentas: “¿Cuánto os pagan por este trabajo?” Le fue-
ron presentadas las cifras. Dijo: “Es demasiado poco. Si realizáis
negocios en esta forma sufriréis pérdidas. Y aun cuando recibierais
una suma más considerable, esta clase de escritos no podría publi-
carse más que con gran déficit. La influencia que ejercen sobre los
obreros es desmoralizadora. Todos los mensajes que Dios les manda
para hacerles comprender el carácter sagrado de su obra quedarán
neutralizados por el consentimiento que otorgáis a la publicación de
tales cosas.”
El mundo está inundado de libros que más valdría quemar que
vender. Los libros que hablan de las guerras de los indios y cosas
semejantes, que se publican y venden con la única intención de
ganar dinero, no deberían leerse. Estos libros contienen una poten-