Página 263 - Testimonios para la Iglesia, Tomo 8 (1998)

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Un Dios personal
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Cristo reveló a Dios ante los discípulos
Estudiemos las palabras que Cristo pronunció en el aposento
alto, la noche anterior a su crucifixión. Se acercaba su hora de prueba
y procuraba consolar a sus discípulos, que iban a ser gravemente
tentados y probados.
“No se turbe vuestro corazón -les dijo-, creéis en Dios, creed
también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así
no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para
vosotros...
“Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues,
podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la ver-
dad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis,
también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le
habéis visto.
“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús
le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has
conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo,
pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el
Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo
por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las
obras”.
Juan 14:8-10
.
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Los discípulos no comprendían aún las palabras de Cristo concer-
nientes a su relación con Dios. Gran parte de su enseñanza resultaba
todavía oscura. Habían hecho muchas preguntas que revelaban su
ignorancia acerca de la relación que Dios tenía con ellos y acerca
de sus intereses presentes y futuros. Cristo deseaba que tuvieran un
conocimiento más claro y distinto de Dios.
“Estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya
no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca
del Padre”.
Juan 16:25
.
Cuando en el día de Pentecostés el Espíritu Santo se derramó
sobre los discípulos, comprendieron ellos las verdades que Cristo
había expresado en parábolas. Les resultaron claras las enseñanzas
que habían sido misterios para ellos. La comprensión que obtuvieron
del derramamiento del Espíritu Santo los avergonzó de sus teorías
fantásticas. Sus suposiciones e interpretaciones eran insensatez cuan-
do se comparaban con el conocimiento de las cosas celestiales que