Página 409 - Consejos para la Iglesia (1991)

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La cena del señor
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agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a
enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”. Esta acción abrió
los ojos a los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron
su corazón. Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un
punto de vista completamente nuevo.
Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta
de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos
acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca
olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba
fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus
manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia
de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras
reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos
de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la
tarea de un siervo
Cristo quería que sus discípulos comprendiesen que aunque les
había lavado los pies, esto no le restaba dignidad. “Vosotros me
llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy”. Y siendo
tan infinitamente superior, impartió gracia y significado al servicio.
Nadie ocupaba un puesto tan exaltado como el de Cristo, y sin
embargo él se rebajó a cumplir el más humilde deber. A fin de
que los suyos no fuesen engañados por el egoísmo que habita en
el corazón natural y se fortalece por el servicio propio, Cristo les
dio su ejemplo de humildad. No quería dejar a cargo del hombre
este gran asunto. De tanta importancia lo consideró, que él mismo,
que era igual a Dios, actuó como siervo de sus discípulos. Mientras
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estaban contendiendo por el puesto más elevado, Aquel ante quien
toda rodilla ha de doblarse, Aquel a quien los ángeles de gloria se
honran en servir, se inclinó para lavar los pies de quienes le llamaban
Señor. Lavó los pies de su traidor.
Ahora, habiendo lavado los pies de sus discípulos, dijo: “Ejem-
plo os he dado, para que como yo es he hecho, vosotros también
hagáis”. En estas palabras Cristo no sólo ordenaba la práctica de la
hospitalidad. Quería enseñar algo más que el lavamiento de los pies
de los huéspedes para quitar el polvo del viaje. Cristo instituía un
servicio religioso. Por el acto de nuestro Señor, esta ceremonia humi-
llante fue transformada en rito consagrado, que debía ser observado