Página 115 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“Hemos hallado al mesías”
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y de verdad.
Estaba absorto en la contemplación del maravilloso
tema.
Andrés trató de impartir el gozo que llenaba su corazón. Yendo
en busca de su hermano Simón, exclamó: “Hemos hallado al Me-
sías.” Simón no se hizo llamar dos veces. El también había oído la
predicación de Juan el Bautista, y se apresuró a ir al Salvador. Los
ojos de Jesús se posaron sobre él, leyendo su carácter y su historia.
Su naturaleza impulsiva, su corazón amante y lleno de simpatía,
su ambición y confianza en sí mismo, la historia de su caída, su
arrepentimiento, sus labores y su martirio: el Salvador lo leyó todo,
y dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás: tú serás llamado Cefas (que
quiere decir, Piedra).”
“El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halla Felipe, al cual
dijo: Sígueme.” Felipe obedeció al mandato, y en seguida se puso
también a trabajar para Cristo.
Felipe llamó a Natanael. Este último había estado entre la mu-
chedumbre cuando el Bautista señaló a Jesús como el Cordero de
Dios. Al mirar a Jesús, Natanael quedó desilusionado. ¿Podía ser
el Mesías este hombre que llevaba señales de pobreza y de trabajo?
Sin embargo, Natanael no podía decidirse a rechazar a Jesús, porque
el mensaje de Juan le había convencido en su corazón.
Cuando Felipe lo llamó, Natanael se había retirado a un tran-
quilo huerto para meditar sobre el anunció de Juan y las profecías
concernientes al Mesías. Estaba rogando a Dios que si el que había
sido anunciado por Juan era el Libertador, se lo diese a conocer, y el
Espíritu Santo descendió para impartirle la seguridad de que Dios
había visitado a su pueblo y le había suscitado un cuerno de salva-
ción. Felipe sabía que su amigo Natanael escudriñaba las profecías,
y lo descubrió en su lugar de retiro mientras oraba debajo de una
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higuera, donde muchas veces habían orado juntos, ocultos por el
follaje.
El mensaje: “Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés
en la ley, y los profetas,” pareció a Natanael una respuesta directa a
su oración. Pero la fe de Felipe era aún vacilante. Añadió con cierta
duda: “Jesús, el hijo de José, de Nazaret.” Los prejuicios volvieron a
levantarse en el corazón de Natanael. Exclamó: “¿De Nazaret puede
haber algo de bueno?”