Página 117 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“Hemos hallado al mesías”
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haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes,
hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están
aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma,
en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros
trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos
creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido
uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precio-
so amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora
no puede quedar encerrada en su corazón.
Todos los que se han consagrado a Dios serán conductos de luz.
Dios los hace agentes suyos para comunicar a otros las riquezas de
su gracia. Su promesa es: “Y daré a ellas, y a los alrededores de mi
collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo, lluvias
de bendición serán.
Felipe dijo a Natanael: “Ven y ve.” No le pidió que aceptase
el testimonio de otro, sino que contemplase a Cristo por sí mismo.
Ahora que Jesús ascendió al cielo, sus discípulos son sus represen-
tantes entre los hombres, y una de las maneras más eficaces de ganar
almas para él consiste en ejemplificar su carácter en nuestra vida
diaria. Nuestra influencia sobre los demás no depende tanto de lo
que decimos, como de lo que somos. Los hombres pueden combatir
y desafiar nuestra lógica, pueden resistir nuestras súplicas; pero una
vida de amor desinteresado es un argumento que no pueden contra-
decir. Una vida consecuente, caracterizada por la mansedumbre de
Cristo, es un poder en el mundo.
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La enseñanza de Cristo fué la expresión de una convicción íntima
y de la experiencia, y los que aprenden de él llegan a ser maestros
según el orden divino. La palabra de Dios, pronunciada por aquel
que haya sido santificado por ella, tiene un poder vivificador que
la hace atrayente para los oyentes, y los convence de que es una
realidad viviente. Cuando uno ha recibido la verdad con amor, lo
hará manifiesto en la persuasión de sus modales y el tono de su voz.
Dará a conocer lo que él mismo oyó, vió y tocó de la palabra de
vida, para que otros tengan comunión con él por el conocimiento
de Cristo. Su testimonio, de labios tocados por un tizón ardiente del
altar es verdad para el corazón dispuesto a recibirlo, y santifica el
carácter.