Página 15 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“Dios con nosotros”
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hermosura y el aire con cantos. Y sobre todas las cosas de la tierra,
del aire y el cielo, escribió el mensaje del amor del Padre.
Aunque el pecado ha estropeado la obra perfecta de Dios, esa
escritura permanece. Aun ahora todas las cosas creadas declaran
la gloria de su excelencia. Fuera del egoísta corazón humano, no
hay nada que viva para sí. No hay ningún pájaro que surca el aire,
ningún animal que se mueve en el suelo, que no sirva a alguna otra
vida. No hay siquiera una hoja del bosque, ni una humilde brizna
de hierba que no tenga su utilidad. Cada árbol, arbusto y hoja emite
ese elemento de vida, sin el cual no podrían sostenerse ni el hombre
ni los animales; y el hombre y el animal, a su vez, sirven a la vida
del árbol y del arbusto y de la hoja. Las flores exhalan fragancia
y ostentan su belleza para beneficio del mundo. El sol derrama su
luz para alegrar mil mundos. El océano, origen de todos nuestros
manantiales y fuentes, recibe las corrientes de todas las tierras, pero
recibe para dar. Las neblinas que ascienden de su seno, riegan la
tierra, para que produzca y florezca.
Los ángeles de gloria hallan su gozo en dar, dar amor y cuidado
incansable a las almas que están caídas y destituídas de santidad.
Los seres celestiales desean ganar el corazón de los hombres; traen
a este obscuro mundo luz de los atrios celestiales; por un ministerio
amable y paciente, obran sobre el espíritu humano, para poner a los
perdidos en una comunión con Cristo aun más íntima que la que
ellos mismos pueden conocer.
Pero apartándonos de todas las representaciones menores, con-
templamos a Dios en Jesús. Mirando a Jesús, vemos que la gloria
de nuestro Dios consiste en dar. “Nada hago de mí mismo,” dijo
Cristo; “me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre.” “No
busco mi gloria,” sino la gloria del que me envió
En estas palabras
se presenta el gran principio que es la ley de la vida para el universo.
Cristo recibió todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas.
Así también en los atrios celestiales, en su ministerio en favor de
todos los seres creados, por medio del Hijo amado fluye a todos la
vida del Padre; por medio del Hijo vuelve, en alabanza y gozoso
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servicio, como una marea de amor, a la gran Fuente de todo. Y así,
por medio de Cristo, se completa el circuito de beneficencia, que
representa el carácter del gran Dador, la ley de la vida.