Página 165 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Junto al pozo de Jacob
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templo, y habría sufrido la pena de muerte. Pero Jesús, el que diera
origen al templo y su ceremonial, atraía a los gentiles a sí por el
vínculo de la simpatía humana, mientras que su gracia divina les
presentaba la salvación que los judíos rechazaban.
La estada de Jesús en Samaria estaba destinada a ser una bendi-
ción para sus discípulos, que estaban todavía bajo la influencia del
fanatismo judío. Creían que la lealtad a su propia nación requería de
ellos que albergasen enemistad hacia los samaritanos. Les admiraba
la conducta de Jesús. No podían negarse a seguir su ejemplo, y du-
rante los dos días que pasaron en Samaria, la fidelidad a él dominó
sus prejuicios; pero en su corazón no se conformaban. Tardaron
mucho en aprender que su desprecio y odio debían ser reemplazados
por la piedad y la simpatía. Pero después de la ascensión del Señor,
recordaron sus lecciones con nuevo significado. Después del derra-
mamiento del Espíritu Santo, recordaron la mirada del Salvador, sus
palabras, el respeto y la ternura de su conducta hacia estos extraños
despreciados. Cuando Pedro fué a predicar en Samaria, manifestó
el mismo espíritu en su obra. Cuando Juan fué llamado a Efeso y
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Esmirna, recordó el incidente de Siquem, y se llenó de gratitud hacia
el divino Maestro, quien, previendo las dificultades que deberían
arrostrar, les había ayudado por su propio ejemplo.
El Salvador continúa realizando hoy la misma obra que cuando
ofreció el agua de vida a la mujer samaritana. Los que se llaman sus
discípulos pueden despreciar y rehuir a los parias; pero el amor de
él hacia los hombres no se deja desviar por ninguna circunstancia
de nacimiento, nacionalidad, o condición de vida. A toda alma, por
pecaminosa que sea, Jesús dice: Si me pidieras, yo te daría el agua
de la vida.
No debemos estrechar la invitación del Evangelio y presentarla
solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos hon-
rarán aceptándola. El mensaje ha de proclamarse a todos. Doquiera
haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está listo para
instruirlos. El les revela al Padre y la adoración que es aceptable
para Aquel que lee el corazón. Para los tales no usa parábolas. A
ellos, como a la mujer samaritana al lado del pozo, dice: “Yo soy,
que hablo contigo.”
Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob,
venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto.