Página 182 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El Deseado de Todas las Gentes
linaje patriarcal y la economía legal, la gloriosa luz del cielo delineó
claramente las pisadas del Redentor. Los videntes contemplaron
la estrella de Belén, el Shiloh venidero, mientras las cosas futuras
pasaban delante de ellos en misteriosa procesión. En todo sacrificio,
se revelaba la muerte de Cristo. En toda nube de incienso, ascendía
su justicia. Toda trompeta del jubileo hacía repercutir su nombre. En
el pavoroso misterio del lugar santísimo, moraba su gloria.
Los judíos poseían las Escrituras, y suponían que en el mero co-
nocimiento externo de la palabra tenían vida eterna. Pero Jesús dijo:
“No tenéis su palabra morando en vosotros.
Habiendo rechazado
a Cristo en su palabra, le rechazaron en persona. “No queréis venir
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a mí—dijo,—para que tengáis vida.”
Los dirigentes judíos habían estudiado las enseñanzas de los
profetas acerca del reino del Mesías; pero lo habían hecho, no con
un sincero deseo de conocer la verdad, sino con el propósito de ha-
llar evidencia con que sostener sus ambiciosas esperanzas. Cuando
Cristo vino de una manera contraria a sus expectativas, no quisieron
recibirle; y a fin de justificarse, trataron de probar que era un impos-
tor. Una vez que hubieron asentado los pies en esta senda, fué fácil
para Satanás fortalecer su oposición a Cristo. Interpretaron contra
él las mismas palabras que deberían haber recibido como eviden-
cia de su divinidad. Así trocaron la verdad de Dios en mentira, y
cuanto más directamente les hablaba el Salvador en sus obras de
misericordia, más resueltos estaban a resistir la luz.
Jesús dijo: “Gloria de los hombres no recibo.” No deseaba la
influencia ni la sanción del Sanedrín. No podía recibir honor de su
aprobación. Estaba investido con el honor y la autoridad del cielo. Si
lo hubiese deseado, los ángeles habrían venido a rendirle homenaje;
el Padre habría testificado de nuevo acerca de su divinidad. Pero para
beneficio de ellos mismos, por causa de la nación cuyos dirigentes
eran, deseaba que los gobernantes judíos discerniesen su carácter y
recibiesen las bendiciones que había venido a traerles.
“He venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro
viniere en su propio nombre, a aquél recibiréis.” Jesús vino por
autoridad de Dios, llevando su imagen, cumpliendo su palabra y
buscando su gloria; sin embargo, no fué aceptado por los dirigentes
de Israel; pero cuando vinieran otros, asumiendo el carácter de
Cristo, pero impulsados por su propia voluntad y buscando su propia