Página 195 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Encarcelamiento y muerte de Juan
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tortura más intensa que los aguijones de una conciencia culpable,
que no le deja descansar ni de día ni de noche.
Para muchos, un profundo misterio rodea la suerte de Juan el
Bautista. Se preguntan por qué se le debía dejar languidecer y morir
en la cárcel. Nuestra visión humana no puede penetrar el misterio
de esta sombría providencia; pero ésta no puede conmover nuestra
confianza en Dios cuando recordamos que Juan no era sino partícipe
de los sufrimientos de Cristo. Todos los que sigan a Cristo llevarán
la corona del sacrificio. Serán por cierto mal comprendidos por los
hombres egoístas, y blanco de los feroces asaltos de Satanás. El reino
de éste se estableció para destruir ese principio de la abnegación, y
peleará contra él dondequiera que se manifieste.
La niñez, juventud y edad adulta de Juan se caracterizaron por
la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto
diciendo: “Aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas,
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Satanás temió por la seguridad de su reino. El carácter pecaminoso
del pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Que-
dó quebrantado el poder que Satanás había ejercido sobre muchos
que habían estado bajo su dominio. Había sido incansable en sus
esfuerzos para apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin
reserva; pero había fracasado. No había logrado vencer a Jesús. En
la tentación del desierto, Satanás había sido derrotado, y su ira era
grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer
sufrir a Aquel a quien no podía inducir a pecar.
Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan
soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan,
para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no
debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar su
propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por
causa de los millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel
a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los
discípulos de Jesús languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen
por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados
de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el
pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo
había atestiguado, había experimentado algo similar!
Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero
de Dios; pero el destructor no podía alcanzar esa vida que “está