Página 252 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El Deseado de Todas las Gentes
Cristo quería enseñar a sus discípulos y a sus enemigos que el
servicio de Dios está antes que cualquier otra cosa. El objeto de
la obra de Dios en este mundo es la redención del hombre; por lo
tanto, lo que es necesario hacer en sábado en cumplimiento de esta
obra, está de acuerdo con la ley del sábado. Jesús coronó luego su
argumento declarándose “Señor del sábado,” es decir un Ser por
encima de toda duda y de toda ley. Este Juez infinito absuelve a
los discípulos de culpa, apelando a los mismos estatutos que se les
acusaba de estar violando.
Jesús no dejó pasar el asunto con la administración de una repren-
sión a sus enemigos. Declaró que su ceguera había interpretado mal
el objeto del sábado. Dijo: “Si supieseis qué es: Misericordia quiero
y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.
Sus muchos ritos
formalistas no podían suplir la falta de aquella integridad veraz y
amor tierno que siempre caracterizarán al verdadero adorador de
Dios.
Cristo volvió a reiterar la verdad de que en sí mismos los sacrifi-
cios no tienen valor. Eran un medio, y no un fin. Su objeto consistía
en señalar el Salvador a los hombres, y ponerlos así en armonía con
Dios. Lo que Dios aprecia es el servicio de amor. Faltando éste, el
mero ceremonial le es una ofensa. Así sucede con el sábado. Estaba
destinado a poner a los hombres en comunión con Dios; pero cuan-
do la mente quedaba absorbida por ritos cansadores, el objeto del
sábado se frustraba. Su simple observancia exterior era una burla.
Otro sábado, al entrar Jesús en una sinagoga, vió allí a un hombre
que tenía una mano paralizada. Los fariseos le vigilaban, deseosos
de ver lo que iba a hacer. El Salvador sabía muy bien que al efectuar
una curación en sábado, sería considerado como transgresor, pero
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no vaciló en derribar el muro de las exigencias tradicionales que
rodeaban el sábado. Jesús invitó al enfermo a ponerse de pie, y luego
preguntó: “¿Es lícito hacer bien en sábado, o hacer mal? ¿salvar la
vida, o quitarla?” Era máxima corriente entre los judíos que el dejar
de hacer el bien, cuando había oportunidad, era hacer lo malo; el
descuidar de salvar una vida, era matar. Así se enfrentó Jesús con
los rabinos en su propio terreno. “Mas ellos callaban. Y mirándolos
alrededor con enojo, condoliéndose de la ceguedad de su corazón,
dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fué
restituida sana.