Página 267 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El sermón del monte
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ción. El Evangelio ha de ser predicado a los pobres. No es revelado
a los que son orgullosos espiritualmente, a los que pretenden ser
ricos y no necesitar nada, sino a los humildes y contritos. Una sola
fuente ha sido abierta para el pecado, una fuente para los pobres de
espíritu.
El corazón orgulloso lucha para ganar la salvación; pero tanto
nuestro derecho al cielo como nuestra idoneidad para él, se hallan
en la justicia de Cristo. El Señor no puede hacer nada para sanar
al hombre hasta que, convencido éste de su propia debilidad y des-
pojado de toda suficiencia propia, se entrega al dominio de Dios.
Entonces puede recibir el don que Dios espera concederle. De nada
es privada el alma que siente su necesidad. Ella tiene acceso sin
reserva a Aquel en quien mora toda la plenitud. “Porque así dijo
el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el
Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y
humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y
para vivificar el corazón de los quebrantados.
“Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consola-
ción.” Por estas palabras, Cristo no enseña que el llorar tiene en sí
poder de quitar la culpabilidad del pecado. No sanciona la humildad
voluntaria o afectada. El lloro del cual él habla, no consiste en la
melancolía y los lamentos. Mientras nos apesadumbramos por causa
del pecado, debemos regocijarnos en el precioso privilegio de ser
hijos de Dios.
A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos
producen consecuencias desagradables. Pero esto no es arrepenti-
miento. El verdadero pesar por el pecado es resultado de la obra del
Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha
despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie de
la cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús; y al mirar a Aquel a
quien hemos traspasado, lloramos por los pecados que le produjeron
angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado.
El mundano puede llamar debilidad a esta tristeza; pero es la
fuerza que une al penitente con el Ser infinito mediante vínculos
que no pueden romperse. Demuestra que los ángeles de Dios están
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devolviendo al alma las gracias que se perdieron por la dureza de
corazón y la transgresión. Las lágrimas del penitente son tan sólo
las gotas de lluvia que preceden al brillo del sol de la santidad.