Página 269 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El sermón del monte
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que haya en el cristiano es el dominio propio. El que bajo un ultraje o
la crueldad no conserva un espíritu confiado y sereno despoja a Dios
de su derecho a revelar en él su propia perfección de carácter. La
humildad de corazón es la fuerza que da la victoria a los discípulos
de Cristo; es la prenda de su relación con los atrios celestiales.
“Porque el alto Jehová atiende al humilde.
Los que revelan el
espíritu manso y humilde de Cristo, son considerados tiernamente
por Dios. El mundo puede mirarlos con desprecio, pero son de gran
valor ante los ojos de Dios. No sólo los sabios, los grandes, los
benefactores, obtendrán entrada en los atrios celestiales; no sólo el
activo trabajador, lleno de celo y actividad incesante. No; el pobre
de espíritu que anhela la presencia permanente de Cristo, el humilde
de corazón, cuya más alta ambición es hacer la voluntad de Dios,
éstos obtendrán abundante entrada. Se hallarán entre aquellos que
habrán lavado sus ropas y las habrán blanqueado en la sangre del
Cordero. “Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día
y noche en su templo: y el que está sentado en el trono tenderá su
pabellón sobre ellos.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.” El
sentimiento de su indignidad inducirá al corazón a tener hambre
y sed de justicia, y este deseo no quedará frustrado. Los que den
lugar a Jesús en su corazón, llegarán a sentir su amor. Todos los
que anhelan poseer la semejanza del carácter de Dios quedarán
satisfechos. El Espíritu Santo no deja nunca sin ayuda al alma que
mira a Jesús. Toma de las cosas de Cristo y se las revela. Si la mirada
se mantiene fija en Cristo, la obra del Espíritu no cesa hasta que el
alma queda conformada a su imagen. El elemento puro del amor
dará expansión al alma y la capacitará para llegar a un nivel superior,
un conocimiento acrecentado de las cosas celestiales, de manera que
alcanzará la plenitud. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de justicia; porque ellos serán hartos.”
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Los misericordiosos hallarán misericordia, y los limpios de co-
razón verán a Dios. Todo pensamiento impuro contamina el alma,
menoscaba el sentido moral y tiende a obliterar las impresiones
del Espíritu Santo. Empaña la visión espiritual, de manera que los
hombres no puedan contemplar a Dios. El Señor puede perdonar al
pecador arrepentido, y le perdona; pero aunque esté perdonada, el al-
ma queda mancillada. Toda impureza de palabras o de pensamientos