Página 347 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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La crisis en Galilea
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el mar. La furia de la tempestad y las muchas horas de inútil remar
contra los vientos adversos, la aparición de Cristo andando sobre
el agua, los temores así despertados, sus palabras consoladoras, la
aventura de Pedro y su resultado, con el repentino aplacamiento de
la tempestad y la llegada del barco, todo esto fué relatado fielmente
a la muchedumbre asombrada. No contentos con esto, muchos se
reunían alrededor de Jesús preguntando: “Rabbí, ¿cuándo llegaste
acá?” Esperaban oír de sus labios otro relato del milagro.
Jesús no satisfizo su curiosidad. Dijo tristemente: “Me buscáis,
no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os
hartasteis.” No le buscaban por algún motivo digno; sino que como
habían sido alimentados con los panes, esperaban recibir todavía
otros beneficios temporales vinculándose con él. El Salvador les
instó: “Trabajad no por la comida que perece, mas por la comida
que a vida eterna permanece.” No busquéis solamente el beneficio
material. No tenga por objeto vuestro principal esfuerzo proveer
para la vida actual, pero buscad el alimento espiritual, a saber, esa
sabiduría que durará para vida eterna. Sólo el Hijo de Dios puede
darla; “porque a éste señaló el Padre, que es Dios.”
Por el momento se despertó el interés de los oyentes. Exclama-
ron: “¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios?” Habían
estado realizando muchas obras penosas para recomendarse a Dios;
y estaban listos para enterarse de cualquier nueva observancia por la
cual pudiesen obtener mayor mérito. Su pregunta significaba: ¿Qué
debemos hacer para merecer el cielo? ¿Cuál es el precio requerido
para obtener la vida venidera?
“Respondió Jesús y díjoles: Esta es la obra de Dios, que creáis
en el que él ha enviado.” El precio del cielo es Jesús. El camino al
cielo es por la fe en “el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo.
Pero la gente no quería recibir esta declaración de la verdad
divina. Jesús había hecho la obra que la profecía había predicho
que haría el Mesías; pero no habían presenciado lo que sus espe-
ranzas egoístas habían representado como obra suya. Cristo había
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alimentado en verdad una vez a la multitud con panes de cebada;
pero en los días de Moisés, Israel había sido alimentado con maná
durante cuarenta años, y se esperaban bendiciones mucho mayores
del Mesías. Con corazón desconforme, preguntaban por qué, si Jesús