Página 365 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Barreras quebrantadas
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maestro judío? Pero había llegado esta nueva: Sana toda clase de
enfermedades, sean pobres o ricos los que a él acudan por auxilio. Y
decidió no perder su única esperanza.
Cristo conocía la situación de esta mujer. El sabía que ella anhe-
laba verle, y se colocó en su camino. Ayudándola en su aflicción, él
podía dar una representación viva de la lección que quería enseñar.
Para esto había traído a sus discípulos. Deseaba que ellos viesen
la ignorancia existente en las ciudades y aldeas cercanas a la tierra
de Israel. El pueblo al cual había sido dada toda oportunidad de
comprender la verdad no conocía las necesidades de aquellos que
le rodeaban. No hacía ningún esfuerzo para ayudar a las almas que
estaban en tinieblas. El muro de separación que el orgullo judío
había erigido impedía hasta a los discípulos sentir simpatía por el
mundo pagano. Pero las barreras debían ser derribadas.
Cristo no respondió inmediatamente a la petición de la mujer.
Recibió a esta representante de una raza despreciada como la habrían
recibido los judíos. Con ello quería que sus discípulos notasen la
manera fría y despiadada con que los judíos tratarían un caso tal
evidenciándola en su recepción de la mujer, y la manera compasiva
con que quería que ellos tratasen una angustia tal, según la manifestó
en la subsiguiente concesión de lo pedido por ella.
Pero aunque Jesús no respondió, la mujer no perdió su fe. Mien-
tras él obraba como si no la hubiese oído, ella le siguió y continuó
suplicándole. Molestados por su importunidad, los discípulos pidie-
ron a Jesús que la despidiera. Veían que su Maestro la trataba con
indiferencia y, por lo tanto, suponían que le agradaba el prejuicio de
los judíos contra los cananeos. Mas era a un Salvador compasivo a
quien la mujer dirigía su súplica, y en respuesta a la petición de los
discípulos, Jesús dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de
la casa de Israel.” Aunque esta respuesta parecía estar de acuerdo
con el prejuicio de los judíos, era una reprensión implícita para los
discípulos, quienes la entendieron más tarde como destinada a re-
cordarles lo que él les había dicho con frecuencia, a saber, que había
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venido al mundo para salvar a todos los que querían aceptarle.
La mujer presentaba su caso con instancia y creciente fervor,
postrándose a los pies de Cristo y clamando: “Señor, socórreme.”
Jesús, aparentando todavía rechazar sus súplicas, según el prejuicio
despiadado de los judíos, contestó: “No es bien tomar el pan de