Página 373 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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La verdadera señal
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seos. No hizo milagro en el desierto en respuesta a las insinuaciones
de Satanás. No nos imparte poder para justificarnos a nosotros mis-
mos o satisfacer las demandas de la incredulidad y el orgullo. Pero
el Evangelio no queda sin una señal de su origen divino. ¿No es
acaso un milagro que podamos libertarnos de la servidumbre de
Satanás? La enemistad contra Satanás no es natural para el corazón
humano; es implantada por la gracia de Dios. Cuando el que ha es-
tado dominado por una voluntad terca y extraviada queda libertado
y se entrega de todo corazón a la atracción de los agentes celestiales
de Dios, se ha realizado un milagro; así también ocurre cuando un
hombre que ha estado bajo un engaño poderoso, llega a comprender
la verdad moral. Cada vez que un alma se convierte y aprende a
amar a Dios y a guardar sus mandamientos, se cumple la promesa
de Dios: “Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro
de vosotros.
El cambio verificado en los corazones humanos, la
transformación del carácter humano, es un milagro que revela a un
Salvador que vive eternamente y obra para rescatar a las almas. Una
vida consecuente en Cristo es un gran milagro. En la predicación de
la Palabra de Dios, la señal que debe manifestarse ahora y siempre
es la presencia del Espíritu Santo para hacer de la Palabra un poder
regenerador para quienes la oyen. Tal es el testimonio que de la
divina misión de su Hijo Dios da ante al mundo.
Los que deseaban obtener una señal de Jesús habían endurecido
de tal manera su corazón en la incredulidad que no discernían en el
carácter de él la semejanza de Dios. No querían ver que su misión
cumplía las Escrituras. En la parábola del rico y Lázaro, Jesús dijo
a los fariseos: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se
persuadirán, si alguno se levantare de los muertos.
Ninguna señal
que se pudiese dar en el cielo o en la tierra los habría de beneficiar.
Jesús, “gimiendo en su espíritu,” y apartándose del grupo de
caviladores, volvió al barco con sus discípulos. En silencio pesaroso,
cruzaron de nuevo el lago. No regresaron, sin embargo, al lugar
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que habían dejado, sino que se dirigieron hacia Betsaida, cerca de
donde habían sido alimentados los cinco mil. Al llegar a la orilla más
alejada, Jesús dijo: “Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos
y de los saduceos.” Desde los tiempos de Moisés, los judíos habían
tenido por costumbre apartar de sus casas toda levadura en ocasión
de la Pascua, y así se les había enseñado a considerarla como una