Página 39 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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La dedicación
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humildes. No había en su aspecto nada que atrajese la atención, y
presentaban tan sólo la ofrenda de las clases más pobres.
El sacerdote cumplió la ceremonia oficial. Tomó al niño en sus
brazos, y le sostuvo delante del altar. Después de devolverlo a su
madre, inscribió el nombre “Jesús” en el rollo de los primogénitos.
No sospechó, al tener al niñito en sus brazos, que se trataba de
la Majestad del Cielo, el Rey de Gloria. No pensó que ese niño
era Aquel de quien Moisés escribiera: “El Señor vuestro Dios os
levantará profeta de vuestros hermanos, como yo; a él oiréis en todas
las cosas que os hablare.
No pensó que ese niño era Aquel cuya
gloria Moisés había pedido ver. Pero el que estaba en los brazos del
sacerdote era mayor que Moisés; y cuando dicho sacerdote registró
el nombre del niño, registró el nombre del que era el fundamento de
toda la economía judaica. Este nombre había de ser su sentencia de
muerte; pues el sistema de sacrificios y ofrendas envejecía; el tipo
había llegado casi a su prototipo, la sombra a su substancia.
La presencia visible de Dios se había apartado del santuario,
mas en el niño de Belén estaba velada la gloria ante la cual los
ángeles se postran. Este niño inconsciente era la Simiente prometida,
señalada por el primer altar erigido ante la puerta del Edén. Era
Shiloh, el pacificador. Era Aquel que se presentara a Moisés como
el YO SOY. Era Aquel que, en la columna de nube y de fuego,
había guiado a Israel. Era Aquel, que de antiguo predijeran los
videntes. Era el Deseado de todas las gentes, la Raíz, la Posteridad
de David, la brillante Estrella de la Mañana. El nombre de aquel
niñito impotente, inscrito en el registro de Israel como Hermano
nuestro, era la esperanza de la humanidad caída. El niño por quien
se pagara el rescate era Aquel que había de pagar la redención de los
pecados del mundo entero. Era el verdadero “gran sacerdote sobre la
casa de Dios,” la cabeza de “un sacerdocio inmutable,” el intercesor
“a la diestra de la Majestad en las alturas.
Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. En el tem-
plo, el Hijo de Dios fué dedicado a la obra que había venido a hacer.
El sacerdote le miró como a cualquier otro niño. Pero aunque él no
vió ni sintió nada insólito, el acto de Dios al dar a su Hijo al mundo
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no pasó inadvertido. Esta ocasión no pasó sin algún reconocimiento
del Cristo. “Había un hombre en Jerusalem, llamado Simeón, y este
hombre, justo y pío, esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu