Página 407 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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¿Quién es el mayor?
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de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos
pequeños.”
Con espíritu de mansedumbre, “considerándote a ti mismo, por-
que tú no seas también tentado,
ve al que yerra, y “redargúyele
entre ti y él solo.” No le avergüences exponiendo su falta a otros, ni
deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de quien lleva
su nombre. Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al
que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero
no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos.
Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas
del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad.
Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que
sufrió en el Calvario. Con ternura compasiva, trate el hermano con
el hermano, sabiendo que si tiene éxito “salvará un alma de muerte”
y “cubrirá multitud de pecados.
Pero aun este esfuerzo puede ser inútil. Entonces, dijo Jesús,
“toma aún contigo uno o dos.” Puede ser que su influencia unida
prevalezca donde la del primero no tuvo éxito. No siendo partes en
la dificultad, habrá más probabilidad de que obren imparcialmente,
y este hecho dará a su consejo mayor peso para el que yerra.
Si no quiere escucharlos, entonces, pero no antes, se debe presen-
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tar el asunto a todo el cuerpo de creyentes. Unanse los miembros de
la iglesia, como representantes de Cristo, en oración y súplica para
que el ofensor sea restaurado. El Espíritu Santo hablará por medio de
sus siervos, suplicando al descarriado que vuelva a Dios. El apóstol
Pablo, hablando por inspiración, dice: “Como si Dios rogase por
medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con
Dios.
El que rechaza este esfuerzo conjunto en su favor, ha roto el
vínculo que le une a Cristo, y así se ha separado de la comunión de
la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús, “tenle por étnico y publicano.”
Pero no se le ha de considerar como separado de la misericordia de
Dios. No lo han de despreciar ni descuidar los que antes eran sus
hermanos, sino que lo han de tratar con ternura y compasión, como
una de las ovejas perdidas a las que Cristo está procurando todavía
traer a su redil.
La instrucción de Cristo en cuanto al trato con los que yerran
repite en forma más específica la enseñanza dada a Israel por Moi-
sés: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: ingenuamente