Página 425 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

Basic HTML Version

Entre trampas y peligros
421
Ahora, habiendo sido arrancado su manto de pretendida santidad,
estaban, culpables y condenados, en la presencia de la pureza infi-
nita. Temblaban de miedo de que la iniquidad oculta de sus vidas
fuese revelada a la muchedumbre; y uno tras otro, con la cabeza y
los ojos bajos, se fueron furtivamente, dejando a su víctima con el
compasivo Salvador.
Jesús se enderezó y mirando a la mujer dijo: “¿Mujer, dónde
están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella dijo:
Señor, ninguno. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno: vete, y no
peques más.”
La mujer había estado temblando de miedo delante de Jesús.
Sus palabras: “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella
la piedra el primero,” habían sido para ella como una sentencia de
muerte. No se atrevía a alzar sus ojos al rostro del Salvador, sino
que esperaba silenciosamente su suerte. Con asombro vió a sus
acusadores apartarse mudos y confundidos; luego cayeron en sus
oídos estas palabras de esperanza: “Ni yo te condeno: vete, y no
peques más.” Su corazón se enterneció, y se arrojó a los pies de
Jesús, expresando con sollozos su amor agradecido, confesando sus
pecados con amargas lágrimas.
Esto fué para ella el principio de una nueva vida, una vida de
pureza y paz, consagrada al servicio de Dios. Al levantar a esta
alma caída, Jesús hizo un milagro mayor que al sanar la más grave
enfermedad física. Curó la enfermedad espiritual que es para muerte
eterna. Esa mujer penitente llegó a ser uno de sus discípulos más fer-
vientes. Con amor y devoción abnegados, retribuyó su misericordia
perdonadora.
[427]
En su acto de perdonar a esta mujer y estimularla a vivir una
vida mejor, el carácter de Jesús resplandece con la belleza de la
justicia perfecta. Aunque no toleró el pecado ni redujo el sentido de
la culpabilidad, no trató de condenar sino de salvar. El mundo tenía
para esta mujer pecadora solamente desprecio y escarnio; pero Jesús
le dirigió palabras de consuelo y esperanza. El Ser sin pecado se
compadece de las debilidades de la pecadora, y le tiende una mano
ayudadora. Mientras los fariseos hipócritas la denuncian, Jesús le
ordena: “Vete, y no peques más.”
No es seguidor de Cristo el que, desviando la mirada, se aparta
de los que yerran, dejándolos proseguir sin estorbos su camino