Página 45 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“Su estrella hemos visto”
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les, pero los sabios lo ignoraban. Sin embargo, tenían la impresión
de que la estrella era de especial importancia para ellos. Consultaron
a los sacerdotes y filósofos, y examinaron los rollos de los antiguos
anales. La profecía de Balaam declaraba: “Saldrá estrella de Jacob, y
levantaráse cetro de Israel.
¿Podría haber sido enviada esta extraña
estrella como precursora del Prometido? Los magos habían recibido
con gratitud la luz de la verdad enviada por el cielo; ahora esa luz se
derramaba sobre ellos en rayos más brillantes. En sueños, recibieron
la indicación de ir en busca del Príncipe recién nacido.
Así como por la fe Abrahán salió al llamamiento de Dios, “sin
saber dónde iba;
así como por la fe Israel siguió la columna de
nube hasta la tierra prometida, estos gentiles salieron para hallar al
Salvador prometido. En el Oriente abundaban las cosas preciosas, y
los magos no salieron con las manos vacías. Era costumbre ofrecer
presentes como acto de homenaje a los príncipes u otros personajes
encumbrados, y los magos llevaron los más ricos dones de su tierra
como ofrenda a Aquel en quien todas las familias de la tierra iban a
ser bendecidas. Era necesario viajar de noche a fin de poder ver la
estrella; pero los viajeros pasaban el tiempo repitiendo sus dichos
tradicionales y oráculos proféticos relativos a Aquel a quien busca-
ban. En cada descanso, escudriñaban las profecías; y se afirmaba
en ellos la convicción de que eran guiados divinamente. Mientras
tenían la estrella por delante como señal externa, tenían también la
evidencia interna del Espíritu Santo que estaba impresionando sus
corazones, y les inspiraba esperanza. El viaje, aunque largo, fué para
ellos muy feliz.
Cuando llegaron a la tierra de Israel, y mientras bajaban del
monte de las Olivas, teniendo a Jerusalén a la vista, he aquí que
la estrella que los había guiado durante todo el camino se detuvo
sobre el templo, y después de un momento desapareció de su vista.
Con avidez aceleraron el paso, esperando con toda confianza que el
nacimiento del Mesías sería el motivo de toda conversación. Pero
preguntaron en vano al respecto. Entrando en la ciudad santa, se
dirigieron hacia el templo. Para su gran asombro, no encontraron allí
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nadie que pareciese saber nada del recién nacido Rey. Sus preguntas
no provocaban expresiones de gozo, sino más bien de sorpresa y
temor, y hasta de desprecio.