Página 531 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Un pueblo condenado
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pero demasiado tarde para salvarse, le reconocerían. Estas palabras
fueron pronunciadas por Jesús con tristeza y singular poder. Los
oficiales romanos callaron subyugados. Su corazón, aunque ajeno a
la influencia divina, se conmovió como nunca se había conmovido.
En el rostro sereno y solemne de Jesús, vieron amor, benevolencia y
dignidad. Sintieron una simpatía que no podían comprender. En vez
de arrestar a Jesús, se inclinaron a tributarle homenaje. Volviéndose
hacia los sacerdotes y gobernantes, los acusaron de crear disturbios.
Estos caudillos, pesarosos y derrotados, se volvieron a la gente con
sus quejas y disputaron airadamente entre sí.
Mientras tanto, Jesús entró sin que nadie lo notara, en el templo.
Todo estaba tranquilo allí, porque la escena que se había desarrollado
en el monte de las Olivas había atraído a la gente. Durante un corto
tiempo Jesús permaneció en el templo, mirándolo con tristeza. Luego
se apartó con sus discípulos y volvió a Betania. Cuando la gente le
buscó para ponerlo sobre el trono, no pudo hallarle.
Toda aquella noche Jesús la pasó en oración, y por la mañana
volvió al templo. Mientras iba, pasó al lado de un huerto de higueras.
Tenía hambre y, “viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se
acercó, si quizá hallaría en ella algo; y como vino a ella, nada halló
sino hojas; porque no era tiempo de higos.”
No era tiempo de higos maduros, excepto en ciertas localidades;
y acerca de las tierras altas que rodean a Jerusalén, se podía decir
con acierto: “No era tiempo de higos.” Pero en el huerto al cual
Jesús se acercó había un árbol que parecía más adelantado que los
demás. Estaba ya cubierto de hojas. Es natural en la higuera que
aparezcan los frutos antes que se abran las hojas. Por lo tanto, este
árbol cubierto de hojas prometía frutos bien desarrollados. Pero su
apariencia era engañosa. Al revisar sus ramas, desde la más baja
hasta la más alta, Jesús no “halló sino hojas.” No era sino engañoso
follaje, nada más.
Cristo pronunció una maldición agostadora. “Nunca más coma
nadie fruto de ti para siempre,” dijo. A la mañana siguiente, mientras
el Salvador y sus discípulos volvían otra vez a la ciudad, las ramas
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agostadas y las hojas marchitas llamaron su atención. “Maestro—
dijo Pedro,—he aquí la higuera que maldijiste, se ha secado.”
El acto de Cristo, al maldecir la higuera, había asombrado a los
discípulos. Les pareció muy diferente de su proceder y sus obras.