Página 557 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Controversias
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La sabiduría de la respuesta de Cristo había convencido al es-
criba. Sabía que la religión judía consistía en ceremonias externas
más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad
de las ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para
la expiación del pecado si no iba acompañado de fe. El amor y la
obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre,
le parecían de más valor que todos estos ritos. La disposición de
este hombre a reconocer la corrección del raciocinio de Cristo y su
respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un
espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernan-
tes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado escriba que se
había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las amenazas de
los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. “Jesús
entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No estás
lejos del reino de Dios.”
El escriba estaba cerca del reino de Dios porque reconocía que
las obras de justicia son más aceptables para Dios que los holo-
caustos y sacrificios. Pero necesitaba reconocer el carácter divino
de Cristo, y por la fe en él recibir el poder para hacer las obras de
justicia. El servicio ritual no tenía ningún valor a menos que estu-
viese relacionado con Cristo por una fe viva. Aun la ley moral no
cumple su propósito a menos que se entienda en su relación con
el Salvador. Cristo había demostrado repetidas veces que la ley de
su Padre contenía algo más profundo que sólo órdenes autoritarias.
En la ley se encarnaba el mismo principio revelado en el Evangelio.
La ley señala su deber al hombre y le muestra su culpabilidad. Este
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debe buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo que la ley ordena.
Los fariseos se habían acercado en derredor de Jesús mientras
contestaba la pregunta del escriba. Ahora él les dirigió una pregunta:
“¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es Hijo?” Esta pregunta
estaba destinada a probar su fe acerca del Mesías, a demostrar si le
consideraban simplemente como hombre o como Hijo de Dios. Un
coro de voces contestó: “De David.” Tal era el título que la profecía
había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su divinidad por sus
poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y resucitaba a
los muertos, la gente se había preguntado entre sí: “¿No es éste el
Hijo de David?” La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos
otros, habían clamado a él por ayuda: “Señor, Hijo de David, ten