Página 591 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“Estos mis hermanos pequeñitos”
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santos en luz; pero los ángeles del cielo están recorriendo la longitud
y la anchura de la tierra, tratando de consolar a los afligidos, proteger
a los que corren peligro, ganar los corazones de los hombres para
Cristo. No se descuida ni se pasa por alto a nadie. Dios no hace
acepción de personas, y tiene igual cuidado por todas las almas que
creó.
Al abrir vuestra puerta a los menesterosos y dolientes hijos de
Cristo, estáis dando la bienvenida a ángeles invisibles. Invitáis la
compañía de los seres celestiales. Ellos traen una sagrada atmósfera
de gozo y paz. Vienen con alabanzas en los labios, y una nota de
respuesta se oye en el cielo. Cada hecho de misericordia produce
música allí. Desde su trono, el Padre cuenta entre sus más preciosos
tesoros a los que trabajan abnegadamente.
Los que están a la izquierda de Cristo, los que le han descuidado
en la persona de los pobres y dolientes, fueron inconscientes de su
culpabilidad. Satanás los cegó; no percibieron lo que debían a sus
hermanos. Estuvieron absortos en sí mismos, y no se preocuparon
por las necesidades de los demás.
A los ricos, Dios dió riquezas para que aliviasen y consolasen a
sus hijos dolientes; pero con demasiada frecuencia son indiferentes
a las necesidades ajenas. Se creen superiores a sus hermanos pobres.
No se ponen en el lugar del indigente. No comprenden las tenta-
ciones y luchas del pobre, y la misericordia muere en su corazón.
En costosas moradas y magníficas iglesias, los ricos se encierran
lejos de los pobres; gastan en satisfacer el orgullo y el egoísmo los
medios que Dios les dió para beneficiar a los menesterosos. Los
pobres quedan despojados diariamente de la educación que debieran
tener concerniente a las tiernas compasiones de Dios; porque él hizo
amplia provisión para que fuesen confortados con las cosas necesa-
rias para la vida. Están obligados a sentir la pobreza que estrecha la
vida, y con frecuencia se sienten tentados a ser envidiosos, celosos
y llenos de malas sospechas. Los que han sufrido por su cuenta la
presión de la necesidad tratan con demasiada frecuencia a los pobres
de una manera despreciativa, y les hacen sentir que los consideran
indigentes.
Pero Cristo lo contempla todo, y dice: Yo fuí quien tuvo hambre
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y sed. Yo fuí quien anduvo como extraño. Yo fuí el enfermo. Yo
estuve en la cárcel. Mientras estabais banqueteando en vuestras