Página 625 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“No se turbe vuestro corazón”
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de su muerte y resurrección, supieron que estaban perdonados y que
el corazón de Cristo los amaba.
Jesús y los discípulos iban hacia Getsemaní, al pie del monte de
las Olivas, lugar apartado que él había visitado con frecuencia para
meditar y orar. El Salvador había estado explicando a sus discípulos
la misión que le había traído al mundo y la relación espiritual que
debían sostener con él. Ahora ilustró la lección. La luna resplande-
cía y le revelaba una floreciente vid. Llamando la atención de los
discípulos a ella, la empleó como símbolo.
“Yo soy la Vid verdadera,” dijo. En vez de elegir la graciosa
palmera, el sublime cedro o el fuerte roble, Jesús tomó la vid con
sus zarcillos prensiles para representarse. La palmera, el cedro y el
roble se sostienen solos. No necesitan apoyo. Pero la vid se aferra
al enrejado, y así sube hacia el cielo. Así también Cristo en su
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humanidad dependía del poder divino. “No puedo yo de mí mismo
hacer nada,
declaró.
“Yo soy la Vid verdadera.” Los judíos habían considerado siem-
pre la vid como la más noble de las plantas, y una figura de todo lo
poderoso, excelente y fructífero. Israel había sido representado como
una vid que Dios había plantado en la tierra prometida. Los judíos
fundaban su esperanza de salvación en el hecho de estar relacionados
con Israel. Pero Jesús dice: Yo soy la Vid verdadera. No penséis que
por estar relacionados con Israel podéis llegar a participar de la vida
de Dios y heredar su promesa. Por mí solamente se recibe la vida
espiritual.
“Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre es el labrador.” En las
colinas de Palestina, nuestro Padre celestial había plantado su buena
Vid, y él mismo era el que la cultivaba. Muchos eran atraídos por la
hermosura de esta Vid, y declaraban su origen celestial. Pero para los
dirigentes de Israel parecía como una raíz en tierra seca. Tomaron la
planta, la maltrataron y pisotearon bajo sus profanos pies. Querían
destruirla para siempre. Pero el celestial Viñador no la perdió nunca
de vista. Después que los hombres pensaron que la habían matado,
la tomó y la volvió a plantar al otro lado de la muralla. Ya no se vería
el tronco. Quedaría oculto de los rudos asaltos de los hombres. Pero
los sarmientos de la Vid colgaban por encima de la muralla. Habían
de representarla. Por su medio, se podrían unir todavía injertos a la