Página 638 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El Deseado de Todas las Gentes
El primer impulso de los discípulos fué ir hacia él; pero les había
invitado a quedarse allí velando y orando. Cuando Jesús vino a ellos,
los halló otra vez dormidos. Otra vez había sentido un anhelo de
compañía, de oír de sus discípulos algunas palabras que le aliviasen y
quebrantasen el ensalmo de las tinieblas que casi le dominaban. Pero
“los ojos de ellos estaban cargados; y no sabían qué responderle.”
Su presencia los despertó. Vieron su rostro surcado por el sangriento
sudor de la agonía, y se llenaron de temor. No podían comprender
su angustia mental. “Tan desfigurado, era su aspecto más que el de
cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán.
Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado,
vencido por el horror de una gran obscuridad. La humanidad del
Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por sus
discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada
y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que
había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad
pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la co-
pa destinada al hombre culpable. Todavía no era demasiado tarde.
Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hom-
bre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el transgresor la
penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo
de Dios la amarga copa de la humillación y la agonía? ¿Sufrirá el
inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para salvar
a los culpables? Las palabras caen temblorosamente de los pálidos
labios de Jesús: “Padre mío, si no puede este vaso pasar de mí sin
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que yo lo beba, hágase tu voluntad.”
Tres veces repitió esta oración. Tres veces rehuyó su humani-
dad el último y culminante sacrificio, pero ahora surge delante del
Redentor del mundo la historia de la familia humana. Ve que los
transgresores de la ley, abandonados a sí mismos, tendrían que pere-
cer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes
y lamentos de un mundo condenado surgen delante de él. Contem-
pla la suerte que le tocaría, y su decisión queda hecha. Salvará al
hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin
de que por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna.
Dejó los atrios celestiales, donde todo es pureza, felicidad y gloria,
para salvar a la oveja perdida, al mundo que cayó por la transgresión.
Y no se apartará de su misión. Hará propiciación por una raza que