Página 765 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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“A mi padre y a vuestro padre”
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y triunfante rey, estará sobre el monte de las Olivas mientras que los
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aleluyas hebreos se mezclen con los hosannas gentiles, y las voces
de la grande hueste de los redimidos hagan resonar esta aclamación:
Coronadle Señor de todos.
Ahora, con los once discípulos, Jesús se dirigió a la montaña.
Mientras pasaban por la puerta de Jerusalén, muchos ojos se fija-
ron, admirados en este pequeño grupo conducido por Uno que unas
semanas antes había sido condenado y crucificado por los prínci-
pes. Los discípulos no sabían que era su última entrevista con su
Maestro. Jesús dedicó el tiempo a conversar con ellos, repitiendo
sus instrucciones anteriores. Al acercarse a Getsemaní, se detuvo,
a fin de que pudiesen recordar las lecciones que les había dado la
noche de su gran agonía. Volvió a mirar la vid por medio de la cual
había representado la unión de su iglesia consigo y con el Padre;
volvió a repetir las verdades que había revelado entonces. En todo
su derredor había recuerdos de su amor no correspondido. Aun los
discípulos que tan caros eran a su corazón, le habían cubierto de
oprobio y abandonado en la hora de su humillación.
Cristo había estado en el mundo durante treinta y tres años;
había soportado sus escarnios, insultos y burlas; había sido recha-
zado y crucificado. Ahora, cuando estaba por ascender al trono de
su gloria—mientras pasaba revista a la ingratitud del pueblo que
había venido a salvar—¿no les retirará su simpatía y amor? ¿No se
concentrarán sus afectos en aquel reino donde se le aprecia y donde
los ángeles sin pecado esperan para cumplir sus órdenes?—No; su
promesa a los amados a quienes deja en la tierra es: “Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Al llegar al monte de las Olivas, Jesús condujo al grupo a tra-
vés de la cumbre, hasta llegar cerca de Betania. Allí se detuvo y
los discípulos le rodearon. Rayos de luz parecían irradiar de su
semblante mientras los miraba con amor. No los reprendió por sus
faltas y fracasos; las últimas palabras que oyeron de los labios del
Señor fueron palabras de la más profunda ternura. Con las manos
extendidas para bendecirlos, como si quisiera asegurarles su cuidado
protector, ascendió lentamente de entre ellos, atraído hacia el cielo
por un poder más fuerte que cualquier atracción terrenal. Y mientras
él subía, los discípulos, llenos de reverente asombro y esforzando
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la vista, miraban para alcanzar la última vislumbre de su Salvador