Página 84 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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El Deseado de Todas las Gentes
y su vida. La profesión era inútil. Si su vida y su carácter no estaban
en armonía con la ley de Dios, no eran su pueblo.
Bajo sus escrutadoras palabras, sus oyentes quedaron convenci-
dos. Vinieron a él preguntando: “¿Pues qué haremos?” El contestó:
“El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué
comer, haga lo mismo.” Puso a los publicanos en guardia contra la
injusticia, y a los soldados contra la violencia.
Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo, decía él,
debían dar evidencia de fe y arrepentimiento. En su vida, debía
notarse la bondad, la honradez y la fidelidad. Debían atender a los
menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los
indefensos y dar un ejemplo de virtud y compasión. Así también los
seguidores de Cristo darán evidencia del poder transformador del
Espíritu Santo. En su vida diaria, se notará la justicia, la misericordia
y el amor de Dios. De lo contrario, son como el tamo que se arroja
al fuego.
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento—dijo
Juan;—mas el que viene tras mí, más poderoso es que yo; los za-
patos del cual yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu
Santo y en fuego.” El profeta Isaías había declarado que el Señor
limpiaría a su pueblo de sus iniquidades “con espíritu de juicio y con
espíritu de ardimiento.” La palabra del Señor a Israel era: “Volveré
mi mano sobre ti, y limpiaré hasta lo más puro tus escorias.
Para
el pecado, dondequiera que se encuentre, “nuestro Dios es fuego
consumidor.
En todos los que se sometan a su poder, el Espíritu de
Dios consumirá el pecado. Pero si los hombres se aferran al pecado,
llegan a identificarse con él. Entonces la gloria de Dios, que destruye
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el pecado, debe destruirlos a ellos también. Jacob, después de su
noche de lucha con el ángel, exclamó: “Vi a Dios cara a cara, y fué
librada mi alma.
Jacob había sido culpable de un gran pecado en
su conducta hacia Esaú; pero se había arrepentido. Su transgresión
había sido perdonada, y purificado su pecado; por lo tanto, podía
soportar la revelación de la presencia de Dios. Pero siempre que los
hombres se presentaron a Dios mientras albergaban voluntariamente
el mal, fueron destruídos. En el segundo advenimiento de Cristo, los
impíos serán consumidos “con el espíritu de su boca,” y destruidos
“con el resplandor de su venida.
La luz de la gloria de Dios, que
imparte vida a los justos, matará a los impíos.