Página 83 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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La voz que clamaba en el desierto
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Pero pasaban por alto las condiciones que Dios había especificado.
Antes de hacer la promesa, había dicho: “Daré mi ley en sus entrañas,
y escribiréla en sus corazones; y seré yo a ellos por Dios, y ellos me
serán por pueblo.... Porque perdonaré la maldad de ellos, y no me
acordaré más de su pecado.
El favor de Dios se asegura a aquellos en cuyo corazón está
escrita su ley. Son uno con él. Pero los judíos se habían separado
de Dios. A causa de sus pecados, estaban sufriendo bajo sus juicios.
Esta era la causa de su servidumbre a una nación pagana. Los inte-
lectos estaban obscurecidos por la transgresión, y porque en tiempos
pasados el Señor les había mostrado tan grande favor, disculpaban
sus pecados. Se lisonjeaban de que eran mejores que otros hombres,
con derecho a sus bendiciones.
Estas cosas “son escritas para nuestra admonición, en quienes
los fines de los siglos han parado.
¡Con cuánta frecuencia inter-
pretamos erróneamente las bendiciones de Dios, y nos lisonjeamos
de que somos favorecidos a causa de alguna bondad nuestra! Dios
no puede hacer en favor nuestro lo que anhela hacer. Sus dones
son empleados para aumentar nuestra satisfacción propia, y para
endurecer nuestro corazón en la incredulidad y el pecado.
Juan declaró a los maestros de Israel que su orgullo, egoísmo
y crueldad demostraban que eran una generación de víboras, una
maldición mortal para el pueblo, más bien que los hijos del justo y
obediente Abrahán. En vista de la luz que habían recibido de Dios,
eran peores que los paganos, a los cuales se creían tan superiores.
Habían olvidado la roca de la cual habían sido cortados, y el hoyo
del cual habían sido arrancados. Dios no dependía de ellos para
cumplir su propósito. Como había llamado a Abrahán de un pueblo
pagano, podría llamar a otros a su servicio. Sus corazones podían
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aparentar ahora estar tan muertos como las piedras del desierto, pero
su Espíritu podía vivificarlos para hacer su voluntad, y recibir el
cumplimiento de su promesa.
“Y ya también—decía el profeta,—el hacha está puesta a la raíz
de los árboles: todo árbol pues que no hace buen fruto, es cortado,
y echado en el fuego.” No por su nombre, sino por sus frutos, se
determina el valor de un árbol. Si el fruto no tiene valor, el nombre
no puede salvar al árbol de la destrucción. Juan declaró a los judíos
que su situación delante de Dios había de ser decidida por su carácter