Página 39 - Hijas De Dios (1999)

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Mujeres notables del Antiguo Testamento
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reuniones prescritas, subía con su familia a adorar y a presentar su
sacrificio.
Aun en medio de las sagradas festividades relacionadas con
el servicio de Dios, se hacía sentir el espíritu maligno que afligía
su hogar. Después de presentar las ofrendas, participaba toda la
familia en un festín solemne aunque placentero. En esas ocasiones,
Elcana daba a la madre de sus hijos una porción para ella y otra
para cada uno de sus hijos; y en señal de consideración especial para
Ana, le daba a ella una porción doble, con lo cual daba a entender
que su afecto por ella era el mismo que si le hubiera dado un hijo.
Entonces la segunda esposa, encendida de celos, reclamaba para sí la
preferencia como persona altamente favorecida por Dios, y echaba
en cara a Ana su condición de esterilidad como evidencia de que
desagradaba al Señor.
Esto se repitió año tras año hasta que Ana ya no lo pudo soportar.
Siéndole imposible ocultar su dolor, rompió a llorar desenfrenada-
mente y se retiró de la fiesta. En vano trató su marido de consolarla
diciéndole: “Ana, ¿por qué lloras? ¿por qué no comes? ¿y por qué
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está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?”
1
Samuel 1:8
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Ana no emitió reproche alguno. Confió a Dios la carga que ella
no podía compartir con ningún amigo terrenal. Fervorosamente pi-
dió que él le quitase su oprobio, y que le otorgase el precioso regalo
de un hijo para criarlo y educarlo para él. Hizo un solemne voto, a
saber, que si le concedía lo que pedía, dedicaría su hijo a Dios desde
su nacimiento. Ana se había acercado a la entrada del tabernáculo, y
en la angustia de su espíritu, “oró a Jehová, y lloró abundantemente”.
Pero hablaba con el Señor en silencio, sin emitir sonido alguno. Rara
vez se presenciaban semejantes escenas de adoración en aquellos
tiempos de maldad. En las mismas fiestas religiosas eran comunes
los festines irreverentes y hasta las borracheras; y Elí, el sumo sa-
cerdote, observando a Ana, supuso que estaba ebria. Con la idea de
dirigirle un merecido reproche, le dijo severamente: “¿Hasta cuándo
estarás ebria? Digiere tu vino”.
Llena de dolor y sorprendida, Ana le contestó suavemente: “No,
señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido
vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No