Página 18 - El Ministerio de Curacion (1959)

Basic HTML Version

14
El Ministerio de Curacion
luz les ha resplandecido.”
Mateo 4:15, 16 (VM)
.
El Salvador aprovechaba cada curación que hacía para sentar
principios divinos en la mente y en el alma. Tal era el objeto de su
obra. Prodigaba bendiciones terrenales para inclinar los corazones
de los hombres a recibir el Evangelio de su gracia.
Cristo hubiera podido ocupar el más alto puesto entre los maes-
tros de la nación judaica; pero prefirió llevar el Evangelio a los
pobres. Iba de lugar en lugar, para que los que se encontraban en
los caminos reales y en los atajos oyeran las palabras de verdad. A
orillas del mar, en las laderas de los montes, en las calles de la ciu-
dad, en la sinagoga, se oía su voz explicando las Sagradas Escrituras.
Muchas veces enseñaba en el atrio exterior del templo para que los
gentiles oyeran sus palabras.
Las explicaciones que de las Escrituras daban los escribas y fari-
seos discrepaban tanto de las de Cristo que esto llamaba la atención
del pueblo. Los rabinos hacían hincapié en la tradición, en teorías
y especulaciones humanas. Muchas veces, en lugar de la Escritura
misma daban lo que los hombres habían enseñado y escrito acerca
de ella. El tema de lo que enseñaba Cristo era la Palabra de Dios. A
los que le interrogaban les respondía sencillamente: “Escrito está,”
[14]
“¿Qué dice la Escritura?” “¿Cómo lees?” Cada vez que un amigo
o un enemigo manifestaba interés, Cristo le presentaba la Palabra.
Proclamaba con claridad y potencia el mensaje del Evangelio. Sus
palabras derramaban raudales de luz sobre las enseñanzas de pa-
triarcas y profetas, y las Escrituras llegaban así a los hombres como
una nueva revelación. Nunca hasta entonces habían percibido sus
oyentes tan profundo significado en la Palabra de Dios.
Jamás hubo evangelista como Cristo. El era la Majestad del cielo;
pero se humilló hasta tomar nuestra naturaleza para ponerse al nivel
de los hombres. A todos, ricos y pobres, libres y esclavos, ofrecía
Cristo, el Mensajero del pacto, las nuevas de la salvación. Su fama
de médico incomparable cundía por toda Palestina. A fin de pedirle
auxilio, los enfermos acudían a los sitios por donde iba a pasar. Allí
también acudían muchos que anhelaban oír sus palabras y sentir el
toque de su mano. Así iba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo,
predicando el Evangelio y sanando a los enfermos, el que era Rey
de gloria revestido del humilde ropaje de la humanidad.